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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 17 de diciembre de 2018

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Niebla en la piel

[Accésit del VII Concurso de literatura de la UC "La Biblioteca de Babel"]

Los indios Nepotche, de la insondable selva boliviana, pensaban que Xuhalta, Diosa de la muerte, siempre iba cubierta por un fino velo blanco. Creían que la extraña palidez que cubría el cuerpo en su agónico final, entre decrépitos estertores, era producida por la prenda de la Diosa que envolvía al moribundo para arrancarle su alma. Por eso, cuando los supersticiosos ancianos del poblado pasaban cerca de la pálida niña que encontraron cerca del río ancho, evitaban cruzar la mirada con ella porque sabían que era compañera de la muerte, y ni el más viejo del lugar estaba dispuesto a tentarla antes de tiempo.

Decían que la niña tenía el curioso reflejo del cielo en la mirada, pero el llanto de una pantera enfurecida. El poblado tardó dos noches en decidir lo que harían con ella. Los ancianos de las diferentes familias se reunieron varias veces porque ninguno de ellos quería hacerse cargo en su maloca de tal engendro. Unos pretendían espantar a los malos espíritus con extraños rituales, siguiendo la tradición Nepotche; otros, devolverla al lugar donde la encontraron y abandonarla allí de nuevo. Todos estaban temerosos de las consecuencias que traería una decisión equivocada. Todos menos Píkami, una vieja viuda que, finalmente, convenció a los ancianos para que le permitieran quedarse con ella. A cambio, se encargaría de sus cuidados y de mantenerla apartada del resto de la tribu. Al parecer, a Píkami ya se le habían muerto sus dos hijos hacía mucho tiempo: el primero de ellos unas horas después del parto; el otro murió en una cacería en la montaña, cuando, cayendo por una pendiente, una de las flechas envenenadas que llevaba le atravesó la pierna. En el poblado dijeron que apenas sufrió, que murió en paz y que se encontraría sentado junto a Nuh, Dios de la lluvia, velando por su pueblo. Pero según parece, Píkami no quedó convencida de las tesis que proponían los ancianos, ni encontró alivio a sus lamentos, ni tampoco aliento que explicara por qué Nuh le había arrancado de sus brazos a su hijo siendo aun tan joven.

Contaron que durante algún tiempo consiguió saciar el hambre de la pequeña a base de mañoco de yuca, pero días más tarde ya no encontró consuelo que calmara los sollozos de la niña. Temían tanto que sus lágrimas envenenadas transformaran su cólera en enfermedad y muerte... Los ancianos desconocían qué clase de naturaleza podría apaciguar la furia de tan peligrosa amenaza, y sin embargo, Píkami, que veía en ella un alma inocente y vulnerable, trataba de buscar la manera de mantenerla a salvo.

Al parecer, cuando comenzaba a llover de forma abundante, muchos miraban con ira a la pequeña; pero si descampaba y las nubes daban paso a un sol abrasador, eran otros los que maldecían su presencia. Cualquier pretexto servía para cargar sobre ella la culpa de toda desgracia, incluso el más rocambolesco suceso despertaba aun más la animadversión de la aldea. Así, a los meses de su acogida, todo el poblado acordó acabar con la pesadilla que no les dejaba vivir con la paz que antes les era habitual. Píkami suplicó que no lo hicieran, que ella se encargaría de sacarla de poblado. Dijeron que barajó la idea de viajar con ella río abajo hacía los dominios de los Pacahuara y pedirles su protección, pero posiblemente estos hubieran reaccionado igual que los Nepotche. Sabía que viajando solas nunca sobrevivirían más de dos noches en la selva, pero quedándose en el poblado posiblemente tampoco.

Dios quiso que el hermano Marcelo y yo encontráramos ese poblado de indios sanguinarios y pudiéramos sacar a la niña de aquel agujero donde unas horas antes había sido sepultada. Ambas habían sido enterradas vivas, al estilo Nepotche, bajo medio metro de tierra y un fuego que llamaban "purificador" hecho con las pequeñas hojas de un arbusto que masticaban erráticos. Aquellos salvajes nunca habían visto a una niña albina. Incluso el indio que nos guiaba hacia el interior de la selva palideció al verla salir de la pequeña fosa que había pretendido ser su tumba, como un descolorido muerto de ojos claros que volviera a la vida, como un muerto que hubiera tratado de sortear a su destino. Las localizamos porque al encontrar el poblado oímos unos gritos desgarradores que cortaban la respiración. Mientras, la tribu permanecía impasible esperando su trágico final. Desenterramos los cuerpos ante las miradas desencajadas de los hombres que previamente las habían soterrado. La vieja Píkami yacía muerta. La niña, con su pequeño cuerpo cubierto de barro pegajoso y su azulada boca, exhausta bajo la tierra, respiraba con dificultad.

Los Nepotche no perdonaron nuestra afrenta y no nos dejaron hacer noche en el poblado. Salimos de allí con la pequeña sin perder tiempo, antes de que el día diera paso a una noche oscura en la selva.

 Victor Villapalos

 

 

 

 

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