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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 19 de noviembre de 2017

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Paseos por Nygade (1989)

 

Paseos por Nygade, Col. Ariadna, Altorrey Editorial, Villanueva de la Cañada,  Madrid, 1989.

 

Poemas de la reflexión que nace de la soledad y el aislamiento, escritos durante paseos por varias ciudades del mundo. 

 

Introducción

Paseos por Nygade reúne poemas para un libro que tuve varios años en preparación, "Acuario 2000", y que subtitulaba "Poemas del hombre nuevo". Así, en estos 'paseos' fui configurando parcialmente mis intuiciones sobre ese ser humano que la Era de Acuario debería engendrar.

Nygade es el nombre de uno de los fragmentos que integran la larga y hermosa calle peatonal que atraviesa el centro de Copenhague; por esa calle he paseado muchas veces en mis varios viajes a la capital danesa.  En realidad, y aunque ello sea incidental, debo aclarar que sólo algunos de los poemas [de este libro] fueron escritos en esa calle; los restantes surgieron cuando me encontraba en lugares, en viajes entre 1983 y 1988.

Varios de estos poemas han aparecido en revistas; el número 3, en Las trece Puertas del Silencio.

"Acuario 2000" no llegó a nacer, pese a haberle cambiado de  nombre repetidas veces, seguramente porque no tenía aún muy claro qué o cómo sea ese 'hombre nuevo'.  Pero varios de los poemas de Paseos por Nygade se incluyeron en Casa del Tiempo, con mucho más material, completando el intento de visión poética del hombre que presento en ciertos poemas de Las trece Puertas del Silencio.

 

 

Siete poemas

 

A golpes voy llegando del futuro.

Éphime, me rescatas de esa noche

a que me arrastra el tiempo.

Busco en el túnel de los días

esquinas y ventanas, asideros

en que afirmarme, raicillas

que detengan la fuga, el hundimiento.

En estado de ausencia, recorro Copenhague,

tropiezo con las gentes.

Al llegar a Nygade, en medio del bullicio,

me paro bruscamente:

-¡Évrika!-, un grito

que enfrenta a los honestos daneses con Arquímedes,

no está bien el del gorro, menean la cabeza

pero yo he descubierto el agujero,

apenas la rendija, me asomo, me hago cruces

y cómo iba sin vida

                             sólo nos hace falta

decidir que el futuro es ahora mismo

y que no vale

seguir haciendo trampas

                                       hay que

respirar fuego sudar lágrimas

y renunciar a tanto

para llegar a merecer lo básico.

(1983)

 

 

Las horas llegan,

parten a cuentagotas.

Uno improvisa adioses,

alegrías, silencios.

Pero acabas

en siniestra comedia sin aplausos.

De tu chaqueta apenas

la sombra de las mangas,

el recuerdo de dónde se hundían los bolsillos.

 

Vamos viviendo prisas

que nos alejen de la oscura

casa de la noche.

Qué inmoral

querer sobre-vivir, hiper-vivir.

Robar del aire

lo agridulce de tantas alegrías.

Atémonos. No somos ya cachorros

que se puedan  morder la cola impunemente.

Mientras hay tiempo

destilemos las gotas del pasado

y ellas sean la fuente del futuro.

 

Cuando un día allí bebas,

te encontrarás de nuevo

en el sabor a almizcle de tus mejores días.

Si es que supiste usar el alambique,

un buen destilador.

(1983)

 

 

Sobre los negros adoquines

la nieve se hace agua,

no cuaja todavía (¿y quién ha dicho

que hay en el hombre una brillante estrella,

que se apaga

cuando le alcanza su continua y oscura compañera?)

 

Sobre el basalto de Nygade,

sombrío, camino nuevamente

mientras palpo despacio, mientras ausculto apenas

este cansancio de la vida,

esta ausencia de aliento.

 

Nos repetimos.

Recorremos senderos ya definitivamente abandonados,

como disco en mal uso volvemos una y otra vez

a las andadas viejas

donde tanto perdimos y nada encontraremos.

 

Nygade, son las once y los daneses

no suelen pasear con este frío

y esta desolación interna que ya no hace ni daño.

 

¿Hasta cuándo hay que huir

para enfrentarse con la noche?

¿Qué desierto de tiempo

nos separa del fin?

Allí, donde temblando rozarán nuestros dedos

una piel febrecida por infinitos grados,

una senda con humedad de liquen.

 

Donde la antigua escalinata

que llega hasta el silencio

bajaremos temblando, temerosos

de que se esfume el espejismo

y debamos volver

a marchar por Nygade entre la nieve.

(1984) 

  

 

Van cayendo minutos

desde el tejado de su inexistencia.

Llegan a mis rincones,

ratoncillos sin freno, pesadillas

que se escapan, no puede

la vista aprisionar sus cuerpos sin sustancia.

 

Decidiré ignorarlos.

                                           Pero pronto

se atreven a acercarse, me pierden el respeto,

incluso se me suben a las piernas.

 

Me resigno a tomarlos:

examino sus formas

y murmuro palabras que les calmen.

 

Poco a poco

aprendo a degustarles, me acarician

su aroma, su espesor,

los matices sin fin de su textura.

 

Y la calma me invade como un río:

ya no le tendré miedo

a la araña del tiempo que nos teje.

(1984)

  

 

                 Sama de Langreo, Asturias

 

Con el alba, regresan las injurias 

que albergamos antiguas. Calle abajo,

entre la niebla sin edad de Asturias,

 

el recuerdo, la rabia. Mal trabajo,

éste de renunciar a hacerse ausentes

de lo mezquino. Luego, con el tajo,

 

te aferras a la mina con los dientes,

la mano, el corazón. Y cada día

cribas en el olvido, siembras puentes,

 

destilas el veneno.

                             Mediodía:

unos tragos de sidra, y empanada

con el amigo. (Persistente y fría

 

la memoria te invade).

                                    Madrugada:

insomne, salgo fuera, chapoteo

por las húmedas piedras. (Esta nada,

 

este gusto al carbón y la ceniza).

Alzo los ojos, y la injuria veo

disolverse en las nubes. Se desliza

por mis sienes la lluvia de Langreo.

(1985)

 

 

                Bar Da Vinci, Asunción, Paraguay 

 

Si la Avenida López (donde se alzan embajadas, el hospital de la Policía, el 

              palacio de Stroessner)

si las librerías (donde es imposible hallar un libro de Bareiro, o en todo caso el

              dinero para pagarlo),

si la Recova (con sus tímidas, dulcísimas muchachas, que ofertan los bordados a

             precios de miseria),

si estos orgullosos blancos paraguayos que beben su cerveza, mientras pasan

             cambistas y niñitos descalzos...

 

Mas no es justo: yo no deseaba de ninguna forma

hacer un poema de protesta

contra el hambre,

las bananas a un centavo de dólar la docena,

la tranquilidad y el orden (sin huelgas ni disturbios, tan molestos).

 

Después de todo, llevo mis gafas de sol en el bolsillo (junto a un buen

             puñado de dólares y marcos)

y cocino baratas reflexiones filosóficas

hasta la hora de cenar en casa de mi amigo

(un antiguo compañero de estudios;

por cierto, una de las mayores fortunas del país).

(1987)

 

  

Se evaporan los días sin dejarnos su huella

y acusan impotentes la incesante derrota.

 

Todo es duda en la sombra, y máscara de Edipo,

todo ensaya su vuelta del fondo de la noche.

 

¡Qué sin pausa las horas que cubren las esquinas!

¿Cómo impedir que ahoguen las escamas del miedo?

 

A cada golpe de hacha del reloj que nos tasa

descendemos escaños, honores, emociones.

 

El sudario impasible perfila sus arrugas

cuando, al azar, el tiempo saltamos a pie enjuto.

 

Y en búsqueda angustiada de lluvias y mañanas

como pájaros ciegos, vamos quebrando vida.

(1987) 

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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