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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 24 de junio de 2018

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Canción de ausencia rota de mi señor Silente (2008)

Madrid, Ediciones de La Discreta, 2008, con ilustraciones de Jesús Gabán y prólogo de Juan Varela Portas de Orduña.

 

Reseñas y artículos dedicados al libro:

  • Apuleyo Soto, "El caballero Santiago", El Adelantado de Segovia, 19 de diciembre de 2008, p. 2
  • Eduardo Martínez Rico, "La palabra como abismo", El Norte de Castilla, 25 de febrero de 2009, p. 8
  • Goya Gutiérrez, ALGA. Revista de Literatura, nº 62, otoño de 2009, p. 46.

III

 

 

 

¿Cómo llevarme, Oniria, las prendas que no tengo?

 

El fleco de un vestido, sus borlas o su encaje;

 

un guante que posaras en tu regazo dulce,

 

bañado en el aroma del ámbar y tus manos,

 

o aquel pañuelo blanco que atesoró tus lágrimas

 

cuando te vi llorando sin que tú lo supieras.

 

 

 

¿Cómo llevarme, Oniria, prendas que no me diste

 

si no te dije nunca cuánto las quise mías?

 

Me llevaré prendida de tu recuerdo alado

 

memoria de las prendas que tocaron tus prendas:

 

memoria de la piel que acarició el vestido,

 

memoria de las manos guardadas en tus guantes,

 

memoria de los ojos que consoló el pañuelo,

 

y guardaré tus prendas a salvo del olvido

 

sin que tú sepas nada, sin que tú sepas nada.

 

 

 

                                   VI

 

 

 

He velado esta noche, Oniria, por tu ausencia,

 

desde que el sol se ha ido, sin sueño y sin sosiego,

 

y no he encontrado nada que hiciera a mi vigilia

 

testigo de las cosas que dicen las canciones.

 

La noche no era clara, ni el aire sosegado,

 

ni el cielo era un zafiro cuajado de destellos,

 

ni las aguas del río mecían en su arrullo

 

a las aves cansadas de su vuelo indolente.

 

Las nubes, que encerraban presagios de tormenta,

 

cegaban a la luna, y todo era una sombra,

 

y el viento que azotaba mi cara y los arbustos

 

aullaba una balada con un lamento frío.

 

 

 

Tal vez estés ahora detrás de tu ventana

 

y lleguen a tu alma, tal vez, sin que lo entiendas,

 

los ecos olvidados de mi voz que te nombra,

 

y sientas en tu pecho lo que nunca te dije,

 

y sepas que te falta todo lo que me falta.

 

 

 

                        VIII

 

 

 

Tan sólo yo conozco el secreto de las letras

 

que encierran el misterio de la palabra Oniria.

 

Tan sólo a mí me consta lo que su velo esconde:

 

el Norte inalcanzable, el abismo sin fondo,

 

el mar jamás en calma donde he elegido ahogarme,

 

el desierto infinito donde quise perderme,

 

el hielo que congela su ausencia y mi memoria.

 

 

 

Tan sólo a mí me ha sido revelado el mensaje

 

que oculta la promesa del ideal que alumbra.

 

Por eso no he querido escribirla en la corteza

 

de un árbol, ni en las rocas de los altos canchales,

 

ni quiero defenderla a caballo sobre un puente

 

para que no haya nadie que me oiga pronunciarla.

 

Por eso alguna noche, sin luna y sin consuelo,

 

he querido grabarla sobre el agua que corre,

 

pues sólo en mi destino está escrita y permanece

 

y nadie más entiende el sentido de su arcano.

 

 

 

                        IX

 

 

 

Alguna vez, Oniria, agotado de la marcha,

 

cansado de alejarme de ti sin que lo sepas,

 

me detengo en el claro de un bosque o en la orilla

 

de un río donde pueda inventar que estamos juntos.

 

 

 

Con la rama de un árbol, como cuando era un niño,

 

dibujo sobre el suelo con cuatro rayas trémulas

 

el muro evanescente de un palacio imposible

 

y juego a imaginar que tú vives conmigo.

 

 

 

Si pudieras entonces oír lo que decimos,

 

cómo sabe al amor llamar nuestro coloquio;

 

si pudieran llegarte con un susurro mínimo

 

las últimas palabras que alumbra este discurso.

 

 

 

Tras un momento ausente, olvidado de mí,

 

recobro la conciencia y recuerdo que estoy solo.

 

Cruzo el trazo de tierra, la puerta imaginaria,

 

y antes de confundirme en el polvo del camino

 

borro la arquitectura fugaz de mi palacio

 

y a solas con tu ausencia, callado, como siempre,

 

sin que tú sepas nada me alejo una vez más.

 

 

 

 

 

                        XVII

 

 

 

Quizás alguna vez hayas querido, Oniria,

 

saber por qué mi casa ha quedado abandonada.

 

 

 

Tal vez hayas pasado junto a la puerta rota

 

y has visto en las ventanas quebrados los cristales.

 

Tal vez tú misma has visto que en sus paredes húmedas

 

la hiedra ya ha empezado a tejer su territorio,

 

y en sus estancias frías, desnudas y sin vida,

 

no queda ya de mí ni rastro ni memoria.

 

 

 

Yo sí que he estado, Oniria, delante de tu casa

 

un día y otro día, discreto y cauteloso,

 

en esas horas cómplices que me prestaba el alba

 

cuando nada en tu sueño te hacía sospecharlo.

 

 

 

Yo quería tan sólo tener tu sueño cerca

 

para poder llevarlo conmigo en mi destierro;

 

para poder sentirlo cuando la noche helada

 

me vuelve a recordar mi soledad, Oniria.

Género al que pertenece la obra: Poesía
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Comentarios - 1

Jose Luis

1
Jose Luis - 20-06-2010 - 10:53:35h

Uno de los mejores libros de poemas de amor que se ha editado.
Es un viaje al interior del hombre enamorado, de la locura estrema del silencio incomprendido.
Una obra para estar en todas las bibliotecas de poemas de amor.


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