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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 18 de agosto de 2018

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Hipoteca viviente (1961)

Publicado en Anales del Universidad de Cuenca-Ecuador, abril-junio de 1961.

Trata de un indio de los Andes ecuatorianos que hipotecó a su mujer y está basada en un hecho real.

HIPOTECA VIVIENTE

 

Zoila Sacoto, solía decir a sus amigas más allegadas que se había casado por mero despecho con Trajano Guamán. Fruto de unos amo­res fugaces de su madre con un sargento de caballería, contaba sólo siete años cuando su promogenitora la vendió por trescientos pesos a una familia de la ciudad. Su pobre madre no había tenido más reme­dio que hacerlo pese a la profunda pena que tal medida causaba en su corazón, pues deseaba contraer matrimonio con un modesto cam­pesino viudo que aportaba al nuevo enlace una docena de retoños, producto de anteriores himeneos. Aunque el citado agricultor cono­cía perfectamente el famoso proverbio de que "donde comen tres comen cuatro", no lo juzgaba digno de confianza y dijo a la mamá de la Zoila que se deshiciera de ella si quería llegar a ser su esposa. La buena mujer así lo hizo y, ya casada con el viudo, abandonó la parroquia de Gavilanes, de donde era natural, para vivir con su ma­rido en un lejano pueblecito bananero de la costa.

Zoila Sacoto no volvió jamás a tener noticias de su madre y hasta los veinte años estuvo sirviendo a la familia que la había com­prado, en calidad de muchacha "propia". Al principio, se había sentido feliz en casa de aquellos señores que la trataban cariñosamente; pero con el tiempo, su condicion de sierva se le fue haciendo inso­portable y empezó a desear emanciparse. El matrimonio le parecía la mejor manera de conseguirlo y hubiera aceptado ser la esposa de cualquier cholo desarrapado, con tal de librarse para siempre de aquella existencia llena de humillaciones y vacía de esperanzas para e1 futuro. Por eso cuando Trajano Guamán le propuso casa­miento, no lo pensó dos veces y enseguida le concedió su cobriza mano. Sabía que no era rico, pero le parecía buena persona y estaba segura de que a su lado podía ser dichosa. Cuando vinieran los hijos, Zoila confiaba en que, por poco dinero que ganara Trajano, podría sacarlos adelante con la ayuda de "Taita" Dios.               

       Luego de celebrado el matrimonio, Trajano y Zoila se establecieron en la parroquia de Gavilanes, donde ambos habían nacido. Como los dos tenían sus ahorros, los reunieron para comprar una pequeña chacra. En ella levantaron una cabaña de adobes y se dedicaron a cultivar patatas y maíz. Pero el producto de la tierra no les daba lo suficiente para sus gastos y Trajano tenía que trabajar        de peón en las grandes haciendas de la parroquia o en las obras públicas de los alrededores.

            De esta forma pasaron los primeros años del matrimonio sin librarse de la pobreza, pero con cierto desahogo. El único problema            que les preocupaba era la falta de hijos, ya que no habían conseguido tenerlos en cuatro años de vida conyugal. Trajano le echaba la culpa a su mujer, que como buena "huarmi" andina, soportaba en silencio los reproches y aun los palos que le propinaba su marido los días de fiesta; pero algo especial en el fondo de sus entrañas, le decía que no era ella la culpable, sino su esposo que no la regaba con la energía suficiente.             

       Para los campesinos de los Andes, el no tener hijos es una verdadera maldición. Trajano sufría mucho con la esterilidad de su mujer y terminó por entregarse desaforadamente a la bebida con el fin de olvidar su tragedia. En algunas ocasiones se alejaba de su casa para dedicarse a beber durante quince o veinte días. Estas ausencias de Trajano eran muy dolorosas para la Zoila, que padecía lo indecible y hasta, a veces, pensaba en abandonarle. Pero el miedo a las repre­salias de su marido, junto con sus escrúpulos religiosos, le impedían poner en práctica esta idea.

            La situación se hizo cada vez más difícil incluso en el aspecto económico, pues las campañas alcohólicas de Trajano le impedían acudir a sus trabajos con regularidad y el resultado era que perdía frecuentemente sus empleos. La Zoila, que, en rigor, nunca había estado enamorada de Trajano, llegó a sentir por él una aversión irre­mediable. Tanto es así, que unos tres meses antes de la Fiesta Mayor de la parroquia, le dijo que si continuaba perdiendo los empleos a causa de la bebida, estaba dispuesta a largarse con el primero que se lo propusiera. Como consecuencia de este ultimátum, Trajano había renunciado por algún tiempo al aguardiente y había conseguido un puesto de peón en la carretera que se estaba construyendo hacia el oriente amazónico del país.

Durante poco más de dos meses, Trajano se portó bastante bien y ya la Zoila pensaba que las cosas habían vuelto a la tranquila situa­ción de los primeros tiempos de su matrimonio, cuando un maldito sábado por la tarde, con la paga fresquita en el bolsillo, Trajano co­menzó una campaña alcohólica de quince días que le hizo perder su empleo en la carretera.

Esta circunstancia empeoró de nuevo la economía del matrimonio. Redujeron sus comidas a las papas y el maíz que guardaban todavía en el desván procedentes de la última cosecha. Trajano prometió de nuevo a su mujer la reforma de sus malas costumbres y, una vez más, tornó a buscar trabajo por las haciendas vecinas.

Esta era la precaria situación en que se hallaban cuando llegó la fiesta de Gavilanes. Como no le quedaba ni un mal peso que gas­tar en un día tan señalado, Trajano vendió su poncho a un amigo la víspera de los festejos. Acostumbrado a sentir sobre los hom­bros el tibio peso del capote, pasó bastante frío durante las prime­ras horas de la mañana siguiente. Se arrepíntió de haber vendido el poncho y empezó a torturarle la idea de que no podría adquirir otro en mucho tiempo.

A eso de las siete, bajó con su mujer al pueblo para asistir a misa. Por el camino, con el trajín de la marcha, entró en calor y olvidó por unos minutos que andaba sin la abrigadora prenda; pero luego, en la fresca penumbra del templo, mientras aguardaba el comienzo de la ceremonia, tornó a sentirse destemplado y añoró de nuevo su copote.

 Trajano se hallaba urdiendo los planes más disparatados para hacerse de nuevo con un poncho, cuando, rozándole con el suyo bien amplio y señorial, pasó hacia el altar mayor el P. Gilberto Vi­llalba, párroco de Gavillanes.

"¡Qué poncho tan alhaja!", pensó Guamán, "¡qué tela tan de abrigo! ¿Pues y el color? En mi vida he visto un rojo tan lindo. Hay que ser cura o gamonal para tener un así poncho".                      

       Trajano  siguió  con  la vista al  párroco hasta  que  desapareció en la sacristía. Cuando volvió a salir, Guamán observó que había cambiado el poncho por el alba y la casulla. "¿Y si aprovechara el momento de la misa para entrar en la sacristía y llevármelo?",  pensó  Trajano. "Pues  lo  notaría  todo  el  mundo  y te llevarían a la cárcel", respondió enseguida la voz de la prudencia. "Bien, entonces esperaremos un instante más propicio", decidió en su interior.               

       Al terminar la misa, el P. Gilberto entró de nuevo en la sacristía y, al cabo de unos minutos, volvió a salir con el gran poncho colorado sobre la sotana y un negro bonete en su enérgica testa de cura rural. Arrodillado en un banco y haciendo como que rezaba,Trajano contempló otra vez el espléndido poncho con el ánima fascinada.        

       Luego  salió  a  la  plaza  con su esposa. De vez en cuando se encontraban con algún amigo que trataba de pegar la hebra con                                    ellos; pero Trajano se limitaba a contestar con monosílabos y a sonreír como un autómata. No le interesaba ninguna conversación. La roja imagen del poncho polarizaba sus pensamientos, como el rostro de la mujer amada sorbe los sesos del enamorado. Todas las cosas de este mundo habían perdido interés para él y, sentado        junto a su cónyuge a la sombra de una casa, cruzado de piernas y brazos, sólo pensaba en cómo podría robarle el poncho al cura  sin que lo descubrieran . La plaza se hallaba cada vez más concurrida. Casi todos los feligreses habían dejado sus cabañas dispersas por las estribaciones de los Andes y estaban acampados en la espaciosa plaza rectangu­lar que era el centro politico de la parroquia. Los flancos abruptos de la cordillera constituían una inmensa caja de resonancia que  ampliaba las explosiones de los cohetes. El sol destellaba como un limón amarillo en el azul inmaculado. La casa del cura, situada  junto a la iglesia, y aquellas diez o doce casitas de adobe que se alzaban en torno de la plaza, formaban el núcleo urbano más im­portante de la feligresía. Un gigantesco cerro de verdes laderas levantaba su mole casi vertical sobre el poblado. A la derecha del ágora pueblerina, que era el sector donde se hallaba el templo, numerosos tenderetes entoldados ofrecían a la concurrencia toda clase de mercancías. Los compradores que pululaban entre lo puestos regateando con los pequeños comerciantes, daban al rústico mercado cierto color de zoco marroquí. Tanto Ios hombres como las mujeres y los niños iban tocados con blancos sombreritos de paja toquilla. Por todas partes se veían las negras trenzas de las indias, sus largas polleras de vivos colorínes y sus finos echarpes de fiesta. Los hombres iban en mangas de camisa y lucían sus pan­talones dominicales de un azul prusia tan intenso, por lo general, que hacía daño a la vista. Sin embargo, quedaban algunos indios poco sensibles al calor que todavía llevaban sus ponchos rojos a aquellas horas del día, no porque los necesitaran, sino porque aque­lla prenda bravía y agreste les era tan consubstancial, que sin ella se encontraban como, indefensos.

Zoila Sacoto y su marido se hallaban sentados a la sombra de las casas que integraban el lado más extenso de la explanada. Casi todos los indígenas que no deambulaban por el mercado, reposaban tranquilamente en aquel sector, contemplando el camino que bor­deaba la plaza por el extremo opuesto. Las agrias cumbres de la cordillera, con sus faldas alegres de maíz y capulíes, cerraban tam­bién el horizonte por aquella zona.

Los campesinos hablaban poco. No son de muchas pálabras los moradores de los Andes. Pueden pasarse las horas muertas sen­tados en una piedra y contemplando en silencio las formas de sus montañas. Cuando adoptan esta actitud estática y pasiva, se les para también el cerebro y todo su espíritu se transforma en una gran pupila solitaria y absorta.

Las mujeres indias cambiaban impresiones sobre la fiesta en un quechua cantarín y pajarero. Los hombres hablaban general­mente de faenas agrícolas. De cuando en cuando, se levantaba uno de ellos con una botella de aguardiente de caña y daba de beber ­a los demás abundantes dosis en un mismo vaso.

Uno de los que distribuían el licor entre los indígenas era un mestizo joven y robusto llamado Rodrigo Mapu. Tenía un rostro cobrizo de pómulos anchos y gruesos labios. Llevaba una camisa remangada y embutía sus piernas en unos "blue jeans" descolori­dos por el uso. Cuando llegaba con la botella a la altura de Trajano Guamán, brindábale un trago en el vaso común y se entretenía en mirar a su mujer mientras el cónyuge de la misma decía "¡salud!"en honor de la concurrencia y se metía entre pecho y espalda su          ración de aguardiente. La Zoila, por su parte, toda ojazos negros, suave piel canela, negras trenzas juveniles y labios jugosos como la roja y fresca pulpa de las sandías, sostenía coquetamente la mirada ardorosa del jayán. La hermosa chola, que no tendría más de veinticuatro años, se estremecía de placer bajo las oscuras pupilas de Rodrigo, en las que ella, advertía las dos llamitas del deseo rutilando como dos pequeños soles.                                

Cuando acabó de servir una de estas rondas, Mapu desapareció por una esquina de la plaza. Trajano y Zoila siguieron sentados el uno junto al otro sin decirse una palabra y rumiando cada cual sus ocultos pensamientos. Guamán seguía con los brazos y las piernas cruzados. Sus ojillos negros parpadeaban y, aunque parecía mirar hacia la montaña que se alzaba al otro lado de la plaza, en realidad no prestaba atención a nada concreto. Su mente se hallaba ocupada por completo en considerar los pros y los contras que podía traer consigo la sustracción del magnífico poncho sacerdotal.                                                          

Entre tanto, en el centro de la plaza, los mozos del pueblo habían levantado un armatoste con dos palos verticales y otro horizontal. Poco a poco, fueron apareciendo por diversos puntos jinetes en mangas de camisa y con blancos sombreros de paja toquilla. Se acercaban a la pequeña horca y, sin bajarse de los caballos, aguardaban a que vinieran los demás participantes en el juego que se iba a iniciar pocos minutos más tarde. Se trataba de un extraño deporte llamado "el gallo pitina", que constituía el número más interesante de todos los festejos celebrados con motivo de la Fiesta Mayor.                  

       Cuando todos los jugadores, que serían en número de quince, estuvieron reunidos en torno de la horca, uno de los cholos que                   se hallaban de pie junto al armatoste, ató a un gallo por las patas a la cuerda que colgaba del palo horizontal y el gallo quedó cabeza abajo y cacareando. Comenzó el juego. Rodrigo Mapu, que parecía ser el jefe de la partida, hizo caracolear a su caballo, lanzó una mirada rápida a la Zoila que le contemplaba con admiración sen­tada junto a Trajano, y fue el primero en actuar. Metió su caballo entre los dos palos verticales, agarró al gallo por el cuello y empezó a tirar hacia abajo con todas sus fuerzas hasta que le arrancó la cabeza. Sobre la arena cayó un bermejo chorro de sangre caliente. Los que estaban de pie desataron el cuerpo del gallo, y se lo entre­garon al jinete, que se lanzó a galope tendido por la plaza, seguido por el resto del escuadrón. Rodrigo Mapu agitaba el ave descabe­zada. Alguno de los otros jinetes se le acercaba de cuando en cuando con intención de arrebatarle su presa; pero Rodrigo les es­quivaba a todos fácilmente. Cuando se cansó de llevar el gallo, se lo pasó a un amigo suyo que, poco después, lo trasmitió a un ter­cero y así sucesivamente, hasta que dieron la vuelta a la plaza y el jinete que llevaba el gallo en aquel momento, lo arrojó a tierra.

Luego les fue tocando el turno a los otros y se repitió varias veces la operación del descabezamiento. Los cuellos de algunos gallos parecían de goma y era difícil arrancarlos. Uno de los juga­dores sacó los pies de los estribos y, agarrado al pescuezo del animal, se quedó colgado en el aire. El cuello del gallo se estiró lo menos medio metro y tomó un tinte amoratado. El caballo se le fue de entre las piernas al jinete. Hizo esfuerzos tremendos el juga­dor y cuando al cabo remató su faena, cayó al suelo con la cabeza del ave entre las manos y su cara llena de sangre. Él y sus com­pañeros estallaron en carcajadas, hasta que el tipo tornó de nuevo a cabalgar y se repitió el galope bravo en derredor de la plaza.

Eran ya casi las doce cuando el juego terminó. Desde el cielo sin nubes del mediodía, el sol inundaba de luz las abruptas mon­tañas y ponía rubia la arena de la plaza. Desmontaron los juga­dores y se aproximaron a la iglesia. Rodrigio Mapu entró en el templo y salió poco después con un crucifijo de plata entre sus manos de cobre. Tenía salpicada de sangre su cara morena y su camisa blanca. Los demás jinetes besaron sucesivamente el cruci­fijo que Rodrigo les ofrecía. Poco a poco, los hombres y mujeres del pueblo que habían actuado como espectadores, acudieron a la puerta de la iglesia y rodearon a los jinetes. Casi todos miraban con silenciosa admiración a Rodrigo Mapu, que, todavía jadeante, después que todos sus camaradas hubieron besado la cruz, la ade­lantó para que la besaran sus convecinos, exclamando varias veces con la solemnidad de un sacerdote egipcio: "¡Todo género humano que lo tenga a bien! ¡Todo género humano que lo tenga a bien!"

Entre las personas que se habían acercado para contemplar de cerca a los jugadores, se hallaba Zoila Sacoto. Cuando Rodrígo ofreció la cruz para que la besaran los que estaban presentes, a la Zoila le dio un vuelco el corazón pensando que al aproximarse al crucifijo, los ojos del joven volverían a hacerle secretas insinuacio­nes. Iba ya para dos o tres meses que Rodrigo daba muestras de estar interesado por ella. Siempre que la encontraba, se ponía a mirarla con aquellas pupilas suyas negras como los capulíes madu­ros. Al principio, ella desviaba su vista como picada por un tábano; pero, con el tiempo, la imagen del joven se había instalado en su conciencia de una manera absorbente y Zoila había terminado por sostener en silencio las profundas miradas del muchacho. Se decía a sí misma que no se hallaba enamorada y que si pensaba constan­temente en Rodrigo, aquello no era más que una manía suya que se le pasaría más tarde o más temprano. La figura del Mapu se le presentaba de continuo, pero ella trataba de apartarla de sí por todos los medios posibles y hacía sobrehumanos esfuerzos para no complacerse en su belleza. Sin embargo, no siempre con­seguía ahogar sus deseos y, a veces, por la noche, mientras dormía en la cabaña junto a su marido, con los ojos cerrados, sucumbía a la tentación y se dejaba besar largamente por la soñada boca de Rodrigo. En algunas ocasiones, se deleitaba incluso imaginando que le entregaba a su amante lo que hasta entonces sólo le había dado a su marido y, cuando éste disfrutaba de su cuerpo en la alta noche de la cordillera, Zoila pensaba que era el otro quien estaba con ella. Luego durante él día, se avergonzaba, de sus malos pen­samientos y se atormentaba con la idea de si habría pecado y debe­ría confesarle todo aquello al P. Gilberto. Esta situación espiritual la tenía apartada de la iglesia, cosa que para un temperamento ingenua y primitivamente religioso como era el suyo, constituía un auténtico motivo de tristeza.

Por eso aquella mañana, cuando Rodrigo Mapu adelantó e1 cru­cifijo para que lo besara, según la solemne expresión que había empleado, "todo género humano que lo tuviera a bien", Zoila estuvo a punto de dar media vuelta y marcharse hacia donde estaba Tra­jano, que seguía sentado a la sombra y pensando en el bello poncho de "taita" cura. Si no lo hizo, había sido por escrúpulos religiosos, pensando que alejarse sin besar el crucifijo era una ofensa imper­donable a Jesús. De manera que estuvo allí vacilando hasta que todos hubieron cumplido aquella devoción y, viendo que Rodrigo la esperaba con el crucifijo, Zoila se acercó a besarlo para que los demás no se extrañasen. Volvieron a encontrarse una vez más sus negros ojos y Zoila no tuvo fuerzas para apartar su vista de aquel hombre que con la cara y la ropa salpicadas de sangre, parecía un hermoso dios guerrero que a su regreso de la batalla, le revelaba su amor con el fuego de sus pupilas.

El corazón le palpitaba con presura, cuando, llena de oscuros te­mores, regresó al lado de su marido.

‑No sé qué voy a hacer esta noche sin el poncho ‑dijo Tra­jano a la Zoilla‑. Ahora hace bastante calor y no lo necesito; pero verás por la tarde cuando refresque: me voy a congelar.

‑Lo que debes hacer es no volver a "chumarte" ‑replicó‑. ­Verás cómo así no pierdes los empleos y tienes plata bastante para gastar en las fiestas sin necesidad de vender la ropa.

‑Ya estamos otra vez con los sermones. Me duele la lengua de decirte que soy tu marido propio y puedo hacer lo que me dé la harta gana. De modo que he de seguir pegándome el trago siem­pre que lo desee, por más que a vos no te guste.

En el escuálido rostro de Trajano, los ojillos brillaban coléricos mirando a su mujer. La Zoila barruntó una paliza en público y optó prudentemente por callarse.

Terminado el juego del "gallo pitina", los campesinos se dis­persaron por diversos lugares de la plaza para almorzar. En una de las casas, había un pequeño salón donde vendían cerveza y aguar­diente. Dentro de la tienda, se veían tres largas mesas cubiertas con verdes hules y en ellas tomaban asiento los feligreses que, sintiéndose rumbosos, no habían traído comida de sus casas. Una cholita graciosa, con delantal y pollera hasta los tobillos, iba y venía descalza sirviendo las mesas. Al fondo de la estancia, se abría una ventana que ponía en comunicación el comedor con la cocina. Las paredes de esta última estaban llenas de hollín y las in­dias que preparaban las viandas, tenían más mierda encima que el palo de un gallinero. De cuando en cuando, una de ellas salía de allí con una olla repleta de tajadas de cerdo recién fritas y la va­ciaba en un enorme perol que había en el umbral del establecimiento. La dueña del mismo, una chola rolliza que no llevaba pollera sino vestido como las señoras bien de la ciudad, estaba sentada junto a la gran olla de metal vendiendo la "fritada" a los indios que venían a comprarla desde diversos puntos de la plaza.

‑¿Quieres que almorcemos ya? ‑ preguntó la Zoila a su marido.

- Bueno ‑ respondió Trajano.

De una cesta que había traído por la mañana de la casa, Zoila sacó un pequeño atado y, colocándolo en el suelo entre ella y su marido, lo desanudó. Trajano se quedó un poco decepcionado al ver que sobre el pañuelo sólo se veía un buen montón de mote.

‑ ¿No hay más que eso? ‑ preguntó.

‑ ¿Das vos plata para más? ‑ replicó la Zoila repentinamente agresiva.

‑ Bueno, bueno. Cállate, si no quieres que te cierre la boca de un puñete. Da gracias a Dios que hoy es fiesta y no quiero celebrarla pegándote una buena "piza". Creo que todavía me queda un poco de plata para comprar alguna cosa.

Trajano sacó tres pesos del bolsíllo derecho de su pantalón y se los dió a su mujer.

‑Anda. No gruñas más y "da trayendo" un poco de "fritada".

Zoila se levantó de1 suelo, tomó las tres monedas y encaminó sus pasos al salón donde vendían la carne de puerco.

‑Señora Benardita, buenos días ‑ saludó la joven cuando llegó a la puerta del establecimiento ‑. Hágame la fineza de "dar sir­viendo" una libra de "fritada".

‑ ¿Cómo no? ‑ dijo la señora Bernardita, que era la dueña del salón.

La gruesa chola puso unas cuantas tajadas en un papel y se lo entregó a la Zoila, concediéndole una amable sonrisa que dejó al descubierto por breves instantes una dentadura en la que brilla­ban tres o cuatro piezas de oro entreveradas con los blancos dientes naturales. Zoila cogió el paquete y regresó al lado de su marido. La señora Bernardita se la quedó mirando con una mezcla de lás­tima y simpatía. Le daba pena que estuviera casada con aquel borracho de Guamán. Juzgaba a Zoila digna de mejor suerte que la que le había correspondido. La señora Benardita era la madre de Rodrigo Mapu y, con esa intuición que caracteriza a las madres para adivinar las inclinaciones de los hijos, se había dado cuenta hacía tiempo de que Rodrigo miraba a Zoila con ojos de ena­morado. Era una lástima, sí señor, una verdadera lástima que es­tuviese casada con aquel inútil del Trajano, que ni siquiera podía darle hijos. Ella no hubiera tenido ningún inconveniente en aceptarla por nuera. Pero, en fin, qué se le iba a hacer; Rodrigo la había conocido demasiado tarde y ya no había remedio.

Cuando Zoila y su marido terminaron de almorzar, Trajano sacó un cigarrillo de tabaco negro y, después de liarlo cuidadosamente, se puso la fumar en silencio. Tampoco Zoila decía una palabra y, en absoluta inmovilidad, contemplaba los montes abruptos que se desplegaban a lo lejos bañados por el nítido sol del mediodia.

Los feligreses habían terminado ya su almuerzo y, poco a poco, se iban agrupando junto a la puerta de la iglesia en espera de la procesión. Sonaron las dos de la tarde en el reló de la torre y, pocos minutos después, el P. Gilberto salió de su casa y anduvo hacia el templo con el enérgico paso que le caracterizaba. Era un hombre die mediana estatura y recia complexión. Montaba a caballo como el primero y se había distinguido en política por sus ideas liberales. En las últimas elecciones para la Presidencia de la República se ha­bía mostrado tan agresivo con los conservadores, que el Arzobispo le había quitado la próspera parroquia que tenía en la capital de la provincia y le había nombrado cura de Gavilanes. El P. Gilberto era bastante estoico y sabía ponerle al mal tiempo buena cara. Con el destierro no había perdido nada de su vitalidad y se entretenía practicando en su parroquia la politica drástica y austera que le hubiera gustado imponer en su país.

Cuando llegó a la puerta de la iglesia, tiró el cigarrillo que se venía fumando y entró en el templo seguido por algunos fieles de ambos sexos. Trajano le vio pasar a su lado y contempló con cierto respeto su rostro de lineamientos severos y recia papada. Una vez más volvió a rozarle el magnífico poncho, de "taita" cura y una vez más tornó a sentir el irrefrenable deseo de afanarlo. El P. Gil­berto era de los que no se quitaban el poncho por más calor que hiciese y esto fue lo que perdió a Trajano. Si teniendo en cuenta los calurosos rayos solares de la siesta, el párroco hubiera llegado al templo sin el poncho, Trajano habría olvidado la horrible tenta­ción. Pero al contemplar de nuevo los duros pliegues del capote y su hermoso color bermejo, se acreció su deseo de robarlo y entró en la iglesia para ver si el cura lo volvía a dejar en la sacristía. Trajano esperó de pie detrás de una pilastra vecina al altar mayor, mientras unos cuantos hombres cogían las andas de un gran Cristo crucificado, que era el patrón de Gavilanes. Las indias vestidas con largas polleras de lana y hermosos chales sobre los hombros iban entrando en la iglesia y aguardaban de hinojos que saliera la pro­cesión. Ya descendía la pesada imagen del Crucificado los pelda­ños del altar mayor sobre los hombros de sus portadores, cuando el P. GÍlberto salió de la sacristía. Trajano sintió que su corazón acele­raba sus palpitaciones al ver que "taita" cura se había quitado el poncho y lo había reemplazado por una blanca sobrepellliz. El P. Gilberto dio las órdenes precisas para que saliera la comitiva. La imagen del Cristo iba en primer lugar; la seguían el párroco y dos acólitos; a continuación, caminaban las mujeres y los hombres de la parroquia cantando un himno religioso. Trajano se arrodilló frente a uno de los pequeños altares laterales y fingió rezar. Con el barullo de la salida, nadie se apercibió de que Trajano se quedaba en la iglesia. Zoila lo había dejado para unirse a las otras mujeres que avanzaban en la procesión. Trajano esperó unos minutos arrodi­llado ante el altar de San Roque. Hasta sus oídos llegaban lejanos los ecos de la salmodia penitencial que entonaban los fieles:

 

 

"Perdón, Dios mío,

perdón y clemencia..."

 

Por fin se levantó. Sus ojos contemplaron fugazmente la cara de San Roque. Trajano creyó advertir que el santo le miraba de una manera peculiar, como si le reprochara de antemano la mala acción que estaba a punto de cometer. Retiró, pues, la vista aver­gonzado y echó una ojeada en torno suyo para cerciorarse de que estaba solo. Trajano vio que, en efecto, las naves del templo se hallaban completamente vacías y en silencio. Esta era la ocasión de entrar en la sacristía y apoderarse del poncho. Avanzó de pun­tillas. Como llevaba los pies descalzos, no hacía ningún ruido al caminar. Tenía los nervios de punta y su corazón latía desenfre­nado. Era la primera vez que se proponía cometer un delito y es­taba dominado por un miedo tan grande que ni siquiera había te­nido la precaución de recorrer todos los rincones de la iglesia para asegurarse de que nadie le veía. Si hubiera sido un ladrón con experiencia, se habría tomado el trabajo de acercarse a la nave la­teral derecha y habría descubierto para su bien a la señora Bernar­dita de hinojos ante el altar de la Inmaculada, justamente detrás de la gruesa pilastra que sostenía el púlpito.

Trajano entró en la sacristía cuya puerta se hallaba sólo entor­nada y cogió el codiciado poncho que estaba sobre la mesa central de la habitación. Volvió a salir de puntillas y así recorrió las dos terceras partes de la iglesia; pero confiado en que nadie le veía y con la prisa de escaparse, tornó a su paso normal, que hizo crujir levemente el suelo de madera. La señora Benardita, que hasta entonces había permanecido absorta en sus rezos, volvió la cabeza hacia el atrio al oír el ruido de las pisadas. Vio de espaldas a Trajano con un gran bulto bajo el brazo y lo reconoció; le pareció bastante raro que Trajano estuviera en la iglesia en aquel mo­mento; pero no sospechó nada malo y continuó devotamente sus rezos.

Guamán estuvo todavía unos minutos en la puerta del templo, hasta que la procesión dobló la esquina de la plaza por el lado opuesto, a unos doscientos metros de la iglesia. Se dirigían ahora al cementerio de la parroquia que estaba detrás de las casas. La costumbre era dar la vuelta al camposanto y regresar de nuevo al punto de partida. Cuando todos los fieles hubieron desaparecido al otro lado, Trajano abandonó la iglesia y se alejó de la plaza por el camino, en dirección diametralmente opuesta a la que había seguido la comitiva. Pensaba él que nadie le había visto y el éxito de la operación le ponía contento. Se detuvo en un abarrote que había a la salida del pueblo y con un mugriento billete de diez pesos que le quedaba en el bolsillo, compró una botella de trago a la dueña. Treinta minutos después, llegó a su choza que se alzaba solitaria en las abruptas estribaciones de la cordillera y, poniéndose el poncho de "taita" cura, sentóse a la puerta en el poyo de piedra y se echó al coleto un largo trago de la botella. Pensaba disfrutar del aristocrático poncho hasta el día siguiente, pues aunque expe­rimentaba la tentación de guardarlo para uso personal, sabía que esto era imposible, puesto que, tarde o temprano, terminarían descubriendo su delito. Para evitar una denuncia que le hubiera cos­tado la prisión, Trajano tenía el propósito de viajar a la capital de la provincia tan pronto como despuntase el alba con el fin de ven­der el poncho a alguna persona que no tuviera nada que ver con Gavilanes.

Desde el poyo donde estaba sentado, Guamán podía ver allá abajo la plaza del pueblo pequeñita y lejana. Como un reguero de lentas hormigas, la procesión entraba ya en la iglesia. Trajano contemplaba el pacífico escenario de la parroquia con un brillo de malicia en sus ojuelos negros, pensando en la que se iba a armar dentro de breves instantes cuando "taita" cura descubriera el robo. Estaba un poco nervioso ante la remota posibilidad de que averiguaran que él había sido el ladrón; pero, en el fondo, no le parecía probable que recayesen las sospechas sobre su persona. Todo el mundo en Gavilanes le consideraba un hombre honrado cuyo único defecto era una excesiva pasión por el aguardiente; mas como la embriaguez constituye un hábito endémico y general en­tre los indios y cholos de los Andes equinocciales, nadie se asustaba de que Trajano bebiera desmedidamente. Por lo tanto, sospecha­rían de muchos otros como posibles autores del robo, antes de que al Teniente Político se le pasara por la imaginación que pudiera haber sido Trajano. Lo único raro que había en su conducta du­rante aquella mañana, era su repentina desaparición; pero sólo una persona hubiera podido sentir extrañeza por esto: su propia mujer y ella estaba ya suficientemente acostumbrada a estos súbitos eclipses de su marido que solía dejarla en cualquier sitio sin darle explicaciones para largarse a libar con algunos amigotes.

Estos eran los consoladores pensamientos que ocupaban a Trajano cuando el P. Gilberto entró en la sacristía seguido por sus dos acólitos y se dio cuenta de que le habían robado. Su primer im­pulso fue dejarse llevar por su temperamento sanguíneo y empezar a dar gritos lleno de ira; pero conocía demasiado bien a su pueblo para cometer un desatino tan contraproducente. Hizo pues un esfuerzo para serenarse y luego se puso a reflexionar acerca de cuál sería el mejor procedimiento para dar con el ladrón.

Los dos monaguillos estaban empezando a quitarse los hábitos, cuando el P.Gilberto llamó a uno de ellos y le dijo:

‑Oye, Manuel, no te vistas aún. Sube al púlpito así corno estás y di que si alguna persona se ha quedado rezando en la iglesia durante la procesión, tenga la bondad de pasar por la sacristía para hablar conmigo.

Manuel, un cholito de unos once años y avispado rostro, cum­plió el encargo del párroco y, a los pocos minutos, la señora Ber­nardita le revelaba a "taita" cura cómo había visto a Trajano con el poncho, mientras rezaba ante la imagen de la Purísima.

‑Bueno, muy bien, mi señora doña Bernardita ‑exclamó el P. Gilberto -; le agradezco en el alma sus valiosos informes. Ahora le ruego que vuelva a su trabajo como si nada hubiese ocurrido y no comente con nadie nuestra conversación.

Cuando se hubo marchado la señora Bernardita, el P. Gílberto salió también de la iglesia para entrevistarse con Aníbal Checaiza, que era el teniente político de la parroquia. Tuvo que ir hasta el centro de la plaza, donde la primera autoridad del pueblo se dis­traía contemplando los preparativos del baile que estaba a punto de comenzar. Sentados en sendas sillas desvencijadas, había dos músicos tocando piezas típicas del país. Uno de ellos abría y ce­rraba el abanico sonoro del acordeón y el otro le acompañaba ras­gando las cuerdas de una guitarra. Los habitantes de Gavilanes formaban corro en torno de los músicos. De pronto, por una esquina de la plaza, vino con solemne paso una comitiva de cholos y cholas endomingados. Les acompañaban cuatro o cinco payasos ca­bezudos que, blandiendo sus porras de trapo, danzaban alegremente.

Cuando llegaron junto a los músicos, las parejas que integraban la comitiva se pusieron en el centro del corro y empezaron a bailar un cachuyapi. Daba una extraña sensación el ver que las mujeres eran cholos disfrazados con prendas femeninas y trenzas falsas. Llevaban los labios pintados y las mejillas embadurnadas con escan­dalosos colores. Una de las equívocas cholitas había sacado a bailar al señor Checaiza, que era un hombre grueso y de ojos saltones, cuya edad frisaba a la sazón con los cincuenta años. El señor teniente político tenía muy buen humor y estaba haciendo las de­licias de la concurrencia marcándose el cachuyapi con aquella atre­vida señorita, cuando llegó el P. Gilberto y le hizo señas para que se acercara. Checaíza, que era el brazo secular de la parroquia, se apresuró a escuchar lo que el brazo eclesiástico tenía que decirle y dejó plantada a su pareja. El párroco y el teniente político es­tuvieron un buen rato conferenciando sobre el asunto del poncho en casa del primero. El plan del P. Gilberto consistía en que el señor Checaiza y sus hombres de confianza fuesen a la cabaña de Trajano al anochecer con el fin de pillar al ladrón desprevenido y, posiblemente, en la última borrachera. El teniente político encon­tró perfecto el plan de "taita" cura y regresó de nuevo al baile. Habló con sus agentes y les dijo que bebieran lo menos posible para que pudieran acompañarle a una misión policiaca a las ocho de la noche. Aunque haciendo grandes esfuerzos de voluntad, los tres hombres de confianza del teniente se mantuvieron sobrios y a la hora fijada marcharon sigilosamente con Checaiza en dirección a la cabaña de Trajano. La Zoila no pensaba regresar a su domicilio hasta el día siguiente. Suponiendo que la fiesta iba a durar hasta muy tarde, había pedido permiso a su marido para pasar la noche en casa de una prima suya que vivía en la Plaza Mayor de Gavila­nes. Trajano se lo había concedido gustoso con el fin de tener mayor libertad de movimientos. De modo y manera que el te­niente político y sus tres hombres se ahorraron la desagradable escena de súplicas y llantos que les hubiera hecho la mujer en caso de haber asistido a la detención de su esposo.

Checaiza y sus agentes ascendieron en silencio por la montaña hasta llegar más arriba de la choza. Luego bajaron por detrás y to­mando toda clase de precauciones para que el pájaro no volara, salieron a la parte delantera dos por un lado y otros dos por otro. Empero, cuando llegaron al porche de la cabaña, se dieron cuenta de que podían haberse ahorrado todas sus cautelosas previsiones. Trajano Guamán, envuelto en el poncho de "taita" cura, dormía tendido en el poyo sin íntención alguna de fugarse. La luna llena, grande y amarilla, se alzaba sobre las cumbres opuestas y arran­caba destellos plateados a la botella de aguardiente que reposaba medio vacía en el suelo junto a su dueño. Les costó Dios y ayuda al teniente político y a sus hombres despertar a Trajano Guamán.

‑Vamos, levántate, ladrón sacrílego ‑ dijo severamente Che­caiza ‑. Por robar el poncho de "taita" cura, pagarás vos en esta vida con la cárcel y en la otra con el ínfierno.

Al oír tan horribles amenazas, a Trajano se le pasó la mitad de la borrachera y empezó a sollozar.

‑Yo no he robado poncho de "taita" cura - lloriqueó ‑. Sólo emprestado no más lo he cogido. Tuve que vender el mío para sacar un poco de plata y como soy rnedío friolento, pensé que a "taita" cura que tiene tantos ponchos, no le importaría que yo me cogiera prestado este lindo rojo. Sólo por una noche, mi señor tenientito, sólo por una noche. Mañana, no más, pensaba devolver.

‑Bueno, toda esa monserga se la repetirás al comisario ‑ dijo Checaiza‑. Ya veremos sí él te cree.

Trajano caminaba entre dos de los agentes, que hacían grandes esfuerzos para que el preso no se les derrumbara. El otro hombre de confianza de Checaiza se había puesto el hermoso poncho que le había quitado a Guamán y caminaba detrás del grupo la mar de satisfecho y confortado. Millones de estrellas brillaban con espléndida nitidez en el altísimo cielo de los Andes y la caraza dulce de la luna iluminaba plácidamente la escena.

Cuando llegaron a Gavilanes, el baile estaba todavía en su apogeo. Para evitar un escándalo, marcharon por detrás de la plaza y entraron en el domicilio del teniente político por la puerta tra­sera. Luego metieron al preso en una pocilga deshabitada que ser­vía de calabozo para los raros casos en que atrapaban a un delincuente y los cuatro hombres tornaron a la plaza como si nada hubiera ocurrido. Checaiza fue a casa del P. Gilberto para devol­verle el poncho y al mismo tiempo notificarle la captura del ladrón.

‑ Si quiere usted hablar con el Trajano, puede usted hacerlo mañana por la mañana ‑ dijo Checaiza ‑. Ahora está completa­mente "chumado" y me temo que no va a ser posible.

‑No tengo nada que decirle - replicó el cura‑. Ya le hablaré cuando me Ilamen a declarar.

A la mañana siguiente con el alba, Checaiza y uno de sus hombres llevaron al preso a la capital de la provincia. Allí lo me­tieron en otro calabozo siniestro que tenía por toda ventilación un ventanuco enrejado en la puerta. Los huéspedes transitorios de aquel tugurio hacían sus necesidades en el suelo, debido a que no les sacaban más que para interrogarles, ponerles en libertad o llevarlos a la cárcel. Trajano pasó dos días con sus noches en aquella cochi­quera cuyos únicos muebles eran las paredes y el suelo. Un inso­portable hedor a heces fecales completaba el confort del calabozo.

Al día siguiente, la Zoila se enteró de que habían detenido a Trajano. Se echó a llorar sillenciosamente y aquella misma mañana marchó a la capital de la provincia para ver a su marido. Le dio mucha pena contemplar su rostro enmarcado en el ventanuco del calabozo; pero Trajano, que era un optimista nato, le dijo que se volviera a Gavilanes y no se apurase, puesto que aquello era un incidente sin importancia y dentro de poco tiempo estaría de nuevo en libertad. Zoila obedeció la orden de su esposo y sin tenerlas todas consigo, regresó a la parroquia. Se metió en su cabaña aver­gonzada y no bajó al pueblo en ocho días. Mataba el tiempo co­siendo sus polleras y vestidos o bien cavando con la lampa la tierra de su pequeña chacra. De cuando en cuando, venían a visitarla parientes o amigos para proporcionarle algún consuelo; pero quien más menudeaba las visitas era Rodrigo Mapu, que aprovechaba la ausencia de Trajano para cortejar sin peligro a su mujer. Con el fin de que la gente del pueblo no llevara en lenguas a la Zoila, Rodrigo subía a verla durante las primeras horas de la noche. Na­die se había dado cuenta de sus visitas, pero, no obstante, la Zola se mostraba temerosa y suplicaba a Rodrigo que no subiera más a visitarla.

‑ Yo te agradezco mucho que vengas a verme ‑le dijo una vez‑; pero la gente es muy mala y, como se enteren de que vienes aquí, les ha de faltar tiempo para decírselo al Trajano cuando salga de la prisión.

‑ Pues van a tener que esperar bastante ‑replicó Rodrigo.

‑ No creo yo así. Trajano me dijo que había de ser nomás cosa de una semana.

‑ Eso es lo que él quisiera. Pero has de ver cómo le sale con­dena para varios meses. "Taita" cura está empeñado en que le castiguen las autoridades con lo más peor del código. Mi mamá le ha oído decir que le echarán lo menos seis meses de cárcel.

‑ ¡Ay, Jesús! ‑ exclamó la Zoila escondiendo su cara entre las manos ‑ Pues si es así, no sé qué voy a hacer. Tendré que mar­charme a servir en la ciudad.

        ‑ No llores vos, Zoila; que yo estoy aquí para que no te falte de nada ‑ murmuró Rodrigo pasándole una mano por el hombro y estrechándola contra su pecho.

Era la primera vez que Rodrigo la abrazaba. Zoila sintió un escalofrío de placer y temor al mismo tiempo. Levantó la cabeza y con sus ojos grandotes y negros, miró en silencio a Rodrigo que, a su vez, la contemplaba fijamente, como si quisiera beberse la be­lleza de la mujer con sus inmóviles pupilas. En aquellos momentos, la luna en cuarto menguante derramaba su pálida luz sobre las cumbres y los valles. En la clara bóveda nocturna, titilaban sere­nas y eternas las constelaciones. Rodrigo colocó su ruda mano cam­pesina sobre la nuca dulce de la Zoila y, poco a poco, la atrajo hacia sí hasta que sus labios se unieron en un beso interminable. Cuando apartaron sus rostros, volvieron a mirarse larganente; pero ya no dijeron una palabra. Zoila apoyó su cabeza morena sobre el pecho de Rodrigo y así permaneció un buen rato llorando en silencio mientras su amante la acariciaba. Rodrigo sen­tía una especial admiración por las trenzas negrísimas de la Zoila que tenían ahora bajo la clara noche andina suaves reflejos azulados. Cogió cada una de ellas con una mano y llevándolas en torno de su propio cuello, se las anudó amorosamente detrás de su cabeza. La Zoila alzó su rostro conmovida y, sonriendo a través de sus lágrimas, volvió a besar los labios del muchacho. Luego se levantó repen­tinamente y le miró con una expresión misteriosa.

‑ ¡Vete! ‑susurró.

       Y sin más explicaciones, desapareció corriendo en el interior de su cabaña. Pero Rodrigo no estaba dispuesto a desaprovechar aquella ocasión y penetrando tras ella en la choza, la cogió en sus brazos. Dentro no había ninguna luz y apenas se distinguían los objetos. Zoila forcejeó para desasirse de Rodrigo; pero éste no aflojó su presa y al fin consiguió besar de nuevo la boca de la muchacha, que, a partir de entonces, dejó de resistir y se abandonó plenamente a las caricias de Rodrigo, ahora mucho más atrevidas que antes. Poco a poco, fueron retrocediendo hasta un rincón de la choza y ambos cayeron sobre la chacana donde dormían la Zoila y su marido. Los carrizos crujieron suavemente. Un pequeño cui trasnochador roía una mazorca. Pocos minutos después, el pobre Trajano Guamán fue ofendido gravemente en su honra y, como hubiera dicho el P. Gilberto en sus latines, de haber estado allí presente, adulterium consummatum est.

Ya estaba a punto de alzarse la pálida luz del alba, cuando Rodrigo Mapu abandonó la choza de la Zoila y bajó caute­losamente la montaña. Las últimas estrellas destellaban como ge­mas desvaídas en un cielo casi ya crepuscular. Rodrigo descendía sin prisa, procurando esquivar el camino para no despertar sospe­chas en los posibles transeúntes madrugadores. Su conciencia sen­cilla de rústico se hallaba llena de ensueño, como esos valles silen­tes de los Andes que albergan en su lecho grandes nubes adorme­cidas. Saboreaba Rodrigo su callada felicidad y no sentía ningún remordimiento por su acción de aquella noche. La pasión que le inspiraba la Zoila era tan intensa, que no le importaba quebrantar las más sagradas instituciones de este mundo. Su amor por la mujer de Trajano era un sentimiento mucho más hondo que un mero capricho donjuanesco. Por eso, mientras bajaba la montaña, Rodri­go iba pensando en proponer a la Zoila que abandonara a su ma­rido para marcharse a vivir con él. No ignoraba las desagradables consecuencias que le traería este asunto en caso de que ella acce­diera a su proposición. Tarde o temprano, Guamán saldría de la cárcel y, sin duda alguna, le pediría cuentas de su honra machete en mano. Pero Rodrigo estaba dispuesto a todo y no le importaba exponer su vida con tal de conseguir que fuera suya para siempre la única mujer que había suscitado en su espíritu la llama de un amor verdadero.

Siguió visitando a la Zoila durante las noches siguientes. Ella sentía muchos escrúpulos de conciencia considerando su infidelidad y todas las mañanas hacía el firme propósito de romper definitiva­mente sus relaciones con Rodrigo; pero cuando, sentada a la puerta de su cabaña, veía caer las primeras sombras del crepúsculo ves­pertino, su alma solitaria se llenaba de melancolía y anhelaba con impaciencia las caricias de su amante.

‑ ¿Por qué no te separas del Trajano y te vienes a vivir con­migo? - le dijo una noche Mapu, mientras yacían sobre la chacana en la oscuridad de la choza ‑. Yo me siento muy humilladísimo teniendo que venir a darte mi cariño en casa que no me pertenece. No debe darnos vergüenza mostrar a la gente amor verdadero. Tú a ese chispa del Trajano ni le quieres ni le has querido nunca. No tienes por qué vivir con él. Leyes nuevas de nuestro país per­miten el divorcio. Cuando salga de la cárcel, puedes hacer que las autoridades te separen de tu marido y luego te vuelves a casar conmigo por lo civil.

‑ Sí; pero la iglesia no permite el divorcio. Matrimonio no se deshace hasta el "pantión". Los curas dicen que si abandonas a tu esposo para irte con otro hombre, te vas al infierno cuando mueres.

‑ ¿Y qué saben los curas de lo que piensa "Taita" Dios? ¿Acaso no es Él quien nos ha dado este cariño que nos tenemos? Pues entonces no puede ver con malos ojos que abandones al Trajano y te vengas a vivir conmigo.

Zoila guardó silencio y cambió de conversación. Los argumen­tos de Rodrigo le parecían cada vez más convincentes; pero no que­ría decidirse a marcharse con él hasta que no saliera el juicio de su marido. Tenía miedo de que le pusieran pronto en libertad y tratase de matarla a ella y a su amante.

Pero una noche Rodrigo le trajo la noticia de que, celebrado el juicio de Trajano el día anterior, el juez le había sentenciado a seis meses de cárcel por haber robado el poncho de "taita" cura. La noticia produjo el efecto que era de esperar en el ánimo de la Zoilla. Lloró primero como una Magdalena, compadeciendo la suerte de su marido, puesto que, si bien no le amaba como mujer, la pro­longada convivencia había hecho que le cobrase algún afecto. Pero cuando se repuso de su llanto, comenzó a plantearse el problema de cómo podría subsistir durante seis meses en aquellas montañas sin más recursos que la cosecha de la pequeña chacra recientemente re­cogida. La verdad éra que, si decidía permanecer allí, pasaría mu­chas privaciones y acaso no pudiera aguantar hasta que el Trajano saliera de (la cárcel. De modo que la más prudente solución era lar­garse de nuevo a la ciudad y ponerse a servir en alguna casa lo mis­mo que de soltera. Como esta perspectiva le repugnaba casi más que permanecer en la chacra pasando hambre, decidió marcharse a vivir con el Rodrigo. Y así aquella noche, cuando éste le repitió su proposición, creyendo que tampoco la aceptaría, se quedó gratamen­te sorprendido al saber que la Zoila estaba dispuesta a mudarse cuando él lo creyera oportuno.

Rodrigo Mapu había cumplido el servicio militar en la capital de la República y durante la conscripción se había juntado con algu­nos compañeros más instruídos que le habían abierto los ojos res­pecto de muchas cosas. Por eso no era tan fanáticamente religio­so como los otros cholos de Gavilanes y estaba díspuesto a lograr el divorcio de la Zoila para luego casarse con ella por lo civil. Le tenía sin cuidado lo que dijera su madre, la señora Benardita, que era en extremo beata, y mucho menos la opinión de "taita" Gilberto, a quien, por otra parte, apreciaba por sus ideas políticas bastante liberales para ser cura.

La cuestión es que Rodrigo instaló a la Zoilla en su cabaña sin importarle un ardite las murmuraciones de sus paisanos. La chacra de Rodrigo era bastante próspera y extensa. La había heredado de su padre hacía ya cinco años y como él era bastante laborioso, lo­graba que la tierra produjese al máximo. Daba gusto contemplar el maíz y las papas cuando estaban ya crecidos y muchos jóvenes de la parroquia envidiaban a Rodrigo su habilidad para hacer que engordaran sus cinco chanchos, su par de vacas y su docena de gal1inas. Soltero hasta el momento en que había conocido a la Zoila, Rodrigo había ganado bastante con el producto que les sacaba a sus propiedades y en el pueblo se murmuraba que tenía harta plata en el banco de la provincia.

Fueron seis meses de completa felicidad. Ni Zoila ni Rodrigo ha­bían experimentado antes un amor tan perfecto y absoluto. La si­tuación legal en que se hallaban, era la única sombra que empa­ñaba su dicha. Las gentes de Gavilanes miraban a la Zoila con ojos de reproche, pensando que había abandonado a su marido mien­tras éste se hallaba en la prisión; pero había muchos que justifi­caban su conducta, diciendo que todo tiene su límite en este mundo y que una mujer no está obligada a aguantar hasta el fin de sus días a un borracho consuetudinario y ladrón por añadidura. Para los campesinos de los Andes, como para la mayoría de los pueblos primitivos, los naturales fueros de la existencia pesan más en su estimativa que las conveniencias sociales. De modo que si bien al principio les había parecido reprobable que la Zoila se fuera a vi­vir con el Rodrigo, quebrantando su fidelidad matrimonial, terminaron por acostumbrarse a la pareja adúltera. Después de todo, era muy dificil que una mujer desamparada y sola se mantuviera en aquellas soledades sin nadie que la ayudara. De manera que a los dos meses de haber ocurrido el lance, los feligreses de Gavilanes apenas se preocupaban de aquel asunto.

La señora Bernardita, que en los primeros momentos se había puesto hecha una furia con su hijo y le había llorado lo que nadie sabe para que renunciase a una mujer que no le pertenecía, capi­tuló también ante la terquedad de Rodrigo. Mucho contribuyó a este cambio de actitud en la señora viuda de Mapu el hecho de que la Zoilla se había ofrecido para ayudarla en el salón cuando tuviese un excesivo trabajo. Este rasgo de generosidad junto con la gran simpatía que, según hemos dicho, le profesaba desde siempre la señora Bernardita, determinó que la gorda y emprendedora mamá de Rodrigo se olvidara del adulterio y terminase por querer a la Zoila corno a la más excelente de las nueras.

También el P. Gilberto, quiso evitar el escándalo cuando se en­teró de que Rodrigo se había alzado con la mujer de Guamán. Pocos días después de haber instalado a la Zoilla en su cabaña, Rodrigo fue llamado a conferenciar con el párroco.

‑ ¿No te das cuenta de la barbaridad que estás haciendo? ‑ le dijo el cura cuando estuvieron a solas ‑ en el gran comedor de la casa parroquial‑. Trajano es el esposo legítimo de esa mujer y den­tro de unos meses vendrá a pedirte cuentas de su deshonra. Ya sabes que es alevoso. De manera que aunque no te importe construir un hogar ilegítimo y en pecado mortal, debes renunciar a la Zoila si no quieres que te mate su marido.

‑ No se preocupe usted por mí, padrecito ‑ replicó Rodrigo con una sonrisa bravucona‑. Sé manejar el machete bastante bien.

‑ Te negaré los sacramentos a ti y a tu concubina ‑ exclamó "taita" Gílberto rojo de cólera.

‑ Ya sabe usted que no me preocupa mucho eso ‑ replicó Ro­drigo con la misma sonrisa rebelde, aunque por dentro un poco asus­tado ante la perspectiva de abrasarse en el infierno, institución en la que creía secretamente con espléndida fe de carbonero‑. Además bien sabe "taita" Dios que no vivimos juntos por la mera lujuria, sino que la Zoila y yo nos queremos para siempre. Así que si usted nos cierra las puertas de la iglesia, Padre Eterno ha de abrir­nos las del Cielo, porque sabe que intenciones de nosotros no son malas.

El cura se quedó boquiabierto al escuchar tales razones y aun­que todavía luchó durante un buen rato para convencer a Rodrigo de que no debía seguir viviendo con la Zoila, toda su dialéctica se estrelló contra el corazón de aquel cholo tercamente enamorado.

‑ Bueno, bueno; lárgate de aquí ‑ terminó diciéndole enfu­recido ‑; pero no se les ocurra venir a confesarse ni a vos ni a tu conviviente, porque no les daré la absolución.

Rodrigo salió de casa del cura bastante preocupado; pero no tanto como para cambiar sus planes con la Zoila. Era, sin duda, muy molesto vivir enemistado con la iglesia; pero en este mundo no se puede obtener felicidad acabada, sino que casi siempre se gana en un terreno y se pierde en otro. Rodrigo Mapu tenía muy bien aprendida esta lección. Era preciso elegir un camino y renunciar al otro. No podía gozar de la dicha que le brindaba el amor de la Zoila y contar, a la vez, con la bendición del cura. Rodrigo se decidió por lo más vital, como era lógico en un hombre lleno de salud y poco dado al misticismo. Los seres de esta naturaleza sólo toman el partido de Dios y de la Iglesia cuando se hallan pe­ligrosarnente amenazados en sus almas o en sus cuerpos. Mientras están en armonía consigo mismos, prefieren las alegrías terrestres a todas las glorias celestiales.

Rodrigo Mapu siguió viviendo con su amante y no le fue de­masiado doloroso tolerar la ruptura con la iglesia, puesto que antes de entrar en conflicto directo con el cura, su rudimentario liberalis­mo le mantenía alejado de las prácticas religiosas. No le fue difícil conseguir que la Zoila se resignase a vivir excomulgada. Lo cual de­muestra que la mayoría de las personas, aunque no hayan perdido la fe, se aferran a la dicha terrestre por más que su obtención les excluya de la gloria.

Zoila y Rodrigo eran todo lo felices que se puede ser en este mundo. Tenían, pues, su pequeño paraíso en esta vida temporal y no les quedaba tiempo para pensar en otra cosa. La Zoila ha­bía plantado flores en torno de la cabaña y a los cinco meses de su vida común con el Rodrigo, un hermoso jardín multicolor perfu­maba los muros de la vivienda. Rodrigo trabajaba con más alegría que nunca y ni siquiera pensaba en que Trajano saldría pronto de la cárcel. Faltando unas tres semanas para que se produjese tan desagradable suceso, la Zoila le anunció que estaba encinta. Rodri­go se puso muy contento y aquella noche le hizo el amor con más pasión que nunca. Pero los siguientes días tuvieron a Rodrigo muy preocupado. La noticia de que iba a ser padre fue como un aldabonazo que le despertó de un largo y bello sueño a la dura realidad. Se dio cuenta de que Trajano estaba a punto de concluir su condena. Le preocupaba cuál podría ser la actitud que adoptara el esposo de su amante. Seguramente trataría de ma­tarles a los dos. Esto no le preocupaba mucho porque era vale­roso y sabía defenderse bien, con el machete. Lo que verdadera­mente le quitaba el sueño era la posibilidad de que Trajano perdo­nara a la Zoila aquellos seis meses de infidelidad y le exigiese que volviera con él, a pesar de que en su vientre se gestaba el hijo de otro hombre. Un desenlace así no había que descartarlo, ya que para los campesinos de los Andes, un hijo significa riqueza y no son raros los hombres que se casan con mujeres embarazadas por otros. En el caso de que Trajano asumiera una actitud pacífica, Rodrigo llevaba todas las de perder. llkGuamán podía servirse de la justicia para recuperar a su esposa y entonces él no tendría más remedio que de­volvérsela. La idea de que las cosas ocurrieran así, le sacaba de quicio, puesto que no solamente perdería a la mujer que amaba, sino también al hijo que estaba ya en camino.

Por el contrario, si Trajano trataba de arrebatarle a Zoila por las malas, Rodrigo podría pelear y hasta incluso quitarle de en medio con un poco de suerte. Para su rudo espíritu montañés, era ésta, sin duda, la mejor solución.

Trajano, entre tanto, contaba los días con avidez en la peque­ña cárcel de la provincia. Su condena se le había hecho bastante llevadera gracias a la amistad que había contraído con uno de los celadores. Trajano se pasaba las tardes jugando cuarenta en el cuarto del guardián, cuando se hallaba de servicio. El funcionario llegó a tomarle tan hondo afecto, que algunos sábados, con permi­so del director, que era un hombre muy comprensivo y amante de la libertad, lo sacaba de la prisión y se lo llevaba a su casa. Por la noche se pegaban el trago en una cantina discreta llamada "El Porvenir de la Juventud" y de madrugada volvían al hogar del celador borrachos como sopas.

Desgraciadamente, estos hermosos fines de semana se le habían terminado el mes último de su condena, debido a que las autori­dades habían destituido al director de la cárcel y habían puesto en su lugar a un funcionario severísimo. El motivo del cambio había sido el descubrimiento del astuto negocío que con unos cuantos presos tenía montado el antiguo director. Resulta que este honra­do padre de familia había reunido a los cuatro rateros más finos de la cárcel y mediante una razonable participación en los bene­ficios, les daba pases para que salieran a la ciudad y asaltaran las joyerías. Las autoridades tardaron algún tiempo en atrapar a los ladrones; pero, cuando, al cabo, descubrieron el negocio, el señor director fue cancelado. Si bien no recibió mayor castigo, ya que pertenecía a una de las mejores familias de la provincia. Lo único desagradable fue que tuvo que trasladarse a un cantón de la costa, donde le dieron un modesto cargo de fiscal. Pero Trajano sufrió las consecuencias, porque, a partir de entonces, se le acabaron los weekends y tuvo que estarse más de treinta días sin abandonar aquella jaula, ya que el nuevo director no dejaba salir ni a su padre.

Trajano sabía lo de la Zoila y el Rodrigo por un primo de Ga­vilanes que le visitaba de vez en cuando. Al enterarse de que su mujer le traicionaba, se había puesto bastante bravo e incluso había estado a punto de pedirle a un compañero de presidio que le escri­biera una carta a la Zoila diciéndole que la iba a matar en cuanto saliera. Pero luego, ya más sereno, había decidido callarse y pensar bien a fondo la actitud que adoptaría cuando recuperase la libertad. "En fin de cuentas", pensaba Trajano, "mejor es que la mantenga un solo gallo. De esa forma, se evita que sea de muchos".

A últimos de agosto, salió por fin de la prisión. Su primo, pre­viamente avisado por él unos días antes, vino a buscarle con un par de mulas. Tuvieron que hacer dos jornadas de ocho horas hasta llegar a Gavilanes. Era ya de noche cuando Trajano y su pariente se detuvieron junto a la cabaña de este último. Ambos estaban derrengados a consecuencia del largo viaje y después de una cena frugal en compañía de la mujer y de los hijos de su pri­mo, Trajano se durmió profundamente en un rincón de la cabaña.

El sol despuntaba ya sobre las cumbres andinas, cuando Trajano se levantó del suelo y envuelto en un pocho de su pariente, enca­minó sus pasos hacia la chacra de su riva1. Pájaros madrugadores gorjeaban entre la fronda leve de los capulíes; pequeñas nubes gri­ses alzaban su lento vuelo desde el fondo de los valles y oscuras vacas pacían solitarias por las alturas. Zoila, Rodrigo y la señora Bernardita se estaban desayunando en el porche de la cabaña, cuan­do vieron venir a Trajano Guamán. Los tres se le quedaron mirando como petrificados y a Rodrigo se le pasó por la cabeza la idea de entrar en la cabaña a coger el machete, por si acaso Trajano venía en son de guerra. Pero no lo hizo para no dar a entender a su rival que le temía. Por otra parte, en caso de que el otro buscara pendencia, siempre le quedaría tiempo de buscar el arma.

Trajano llegó hasta el porche y se detuvo en silencio junto a la mesa donde estaban desayunando las dos mujeres y Rodrigo.

‑ Bueno, como ves, no me he muerto en la cárcel ‑ dijo por fin con sus negros ojillos clavados en la Zoila, que no se atrevía a mirarle.

‑ Así es, desgraciadamente para ella ‑ replicó la señora Bernardita.

‑ Usted cállese, que no le han dado vela en este entierro ‑ exclamó Guamán haciéndose el bravucón.

‑ Hablaré lo que me dé la harta gana. ¿0 acaso crees que te vas a llevar a tu mujer como si nada hubiera ocurrido? Pues estás muy equivocado, porque no vamos a permitir que regrese a morirse de hambre con un borracho como tú.

‑ Eso ya lo veremos ‑ exclamó Trajano ‑. Yo soy el legítimo esposo de la Zoila y no tendrá más remedio que volver a vivir con­migo, porque de no, las mismas autoridades han de intervenir.

‑ Mira, Guamán, eres un desgraciado ‑ replicó Rodrigo levantán­dose de la silla donde hasta entonces había permanecido silencioso ‑. La Zoila no volverá contigo en la vida, en primer lugar porque no te quiere, y en segundo, porque nada tienes que ofrecerle. ¿Te parece que una mujer honrada puede ser feliz con un "chumado" como vos que hasta ladrón ha sido? ¿Con un presidiario como vos que no ha de hallar donde caerse muerto? ¿Con un poco hombre como vos que ni siquiera ha sido capaz de ponerle guagua en cuatro años de matrimonio?

Al oír estos insultos, Guamán, hecho una furia, se lanzó al cuello de Rodrigo; pero éste, mucho más robusto y joven, se le quitó de encima fácilmente dándole un empujón que le hizo rodar por el suelo. Por fortuna, Trajano había venido sin machete y la cosa tenía que resolverse a puñetazos. En una lucha de esta índole, Guamán tenía todas las de perder; pero, no obstante, se hallaba tan cegado por la ira, que de nuevo saltó sobre Rodrigo y, abrazado fuertemente a su cuello, trataba de morderle la yugular. Entonces fue cuando la señora Bernardita y la Zoila se pusieron a separarles alborotando la tranquila mañana con sus gritos. Por fin con

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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