Grabados de botánica. Siglo XVIII
En el siglo XVIII, la ilustración botánica en Alemania alcanzó una edad dorada gracias a la revolución taxonómica de Carlos Linneo. Los libros adoptaron la técnica de la impresión en color y el grabado a color con retoques a mano. El ámbito germánico produjo algunas de las obras más imponentes y rigurosas: Phytanthoza Iconographia (Ratisbona, 1737–1745, 4 vol.) de Johann Wilhelm Weinmann, un gran hito tecnológico ya que fue el primer libro botánico en utilizar con éxito la impresión grabada en color. Esta colosal obra consta de cuatro volúmenes con 1.025 láminas que representan plantas de todo el mundo. El Hortus nitidissimis (Núremberg, 1768-1786) del afamado Christoph Jakob Trew, considerado el mejor ilustrador botánico del siglo, fue uno de los florilegios más suntuosos y espectaculares jamás creados. Esta galería de las flores ornamentales más bellas fue coloreada con gouache muy espeso sobre los grabados calcográficos, de tal manera que las líneas impresas del grabado casi desaparecen, logrando un efecto visual tan denso que las láminas parecen pinturas originales al óleo, en lugar de grabados coloreados. Trew contó para gran parte de la obra con Georg Dionysius Ehret —quien aportó 44 de las láminas principales—, pero sumó a otros ilustradores destacados de Núremberg como Nikolaus Friedrich Eisenberger y Johann Christoph Keller. También destaca Plantae rariores (Nuremberg, 1763-1784), una de las obras botánicas más ilustres y personales editadas por Christoph Jakob Trew e ilustrado por Johann Christoph Keller y también coloreado a mano.
En Leipzig salió a luz el primer estudio taxonómico sistemático de la flora de Japón, la primera flora nacional de un país asiático redactada bajo los estándares científicos europeos: Flora iaponica sistens plantas insularum iaponicarum (Leipzig, 1784) de Carl Peter Thunberg. Describe detalladamente más de 800 especies y contiene 39 estampas calcográficas, la gran mayoría de ellas desplegables con dibujos originales del autor y grabados realizados en Leipzig con una ejecución técnica limpia, sobria y de alta precisión científica, priorizando la claridad anatómica
Otra flora nacional que vio la luz en Alemania fue Enumeratio methodica stirpium Helvetiae indigenarum ... Tomus I. (Gotinga, 1742) de Albrecht von Haller, el primer libro sobre botánica alpina e inventario enciclopédico de la vegetación de Suiza. Los dibujos de Haller se caracterizaron por una gran densidad y, a diferencia de la sobriedad esquemática de otras obras, sus grabados procuran integrar una visión de la planta completa —raíces, tallos, texturas foliares— y su disposición tridimensional en el espacio. Su obra cumbre fue Historia stirpium indigenarum Helvetiae inchoata (Berna, 1768, 3 vol.), que continuó la labor anterior con láminas aún más espectaculares, pues fue concebida como un libro de lujo y prestigio. Para esta obra Haller pudo contratar a algunos de los mejores dibujantes y grabadores centroeuropeos. Las estampas de Johann Michael Kaltenhofer se caracterizaron por su virtuosismo estético gracias al uso sutil del entramado cruzado en los claroscuros y sombreados, que dan un gran volumen y relieve a las raíces, bulbos y texturas de las hojas.
Del norte de Europa se conservan algunos ejemplares notables en las colecciones de la Biblioteca Histórica. Como modelo dieciochesco para los Horti o catálogos de jardines botánicos contamos con el Hortus Upsaliensis, exhibens plantas exoticas, Horto Upsaliensis Academiae a sese illatas, ab anno 1742 in annum 1748 .... Vol. I (Estocolmo, 1748) de Carlo Linneo, un registro exhaustivo de las plantas exóticas introducidas y cultivadas exitosamente bajo su dirección. Su aparato visual fue muy reducido, 3 láminas calcográficas plegables al final del volumen, con detalles limpios de las estructuras florales y frutos y un plano de jardín y sus parterres según según las clases de su sistema.
Otra gran flora nacional presente en la Biblioteca Histórica fue la impulsada por la corona danesa Icones plantarum sponte nascentium in regnis Daniae et Norvegiae, in ducatibus Slesvici et Holsatiae et in comitatibus Oldenburgi et Delmenhorstiae … (Copenhague, 1766, 2 vol.) de Georg Christian Oeder. Fueron los primeros fascículos de la monumental Flora Danica, uno de los proyectos editoriales y científicos más ambiciosos, y espectaculares de la historia de la botánica, que se concibió como un atlas puro. Oeder contrató a dos de los mejores artistas para este proyecto: el dibujante Martin Müller y su hermano, el grabador Johann Georg Müller. Las plantas se reprodujeron, siempre que fue posible, a tamaño real y se grabaron las imperfecciones de las hojas, las raíces con tierra o las plantas ya marchitas, si así reflejaban su estado natural.
Lichenographiae suecicae prodromus (Linköping, Suecia, 1798) de Erik Acharius, fue el primer tratado sistemático dedicado en exclusiva a la liquenología. Cuenta con una portada grabada e iluminada y 2 láminas calcográficas con grabados coloreados a mano en la parte final del volumen. Los dibujos fueron realizados por el propio Erik Acharius, quien poseía una gran destreza artística y las planchas fueron grabadas al aguafuerte por Fredrik Akrel
Bajo el mecenazgo de la emperatriz María Teresa, Viena entró también en la competición por producir las floras nacionales más bellas. Su gran impulsor fue Nikolaus Joseph von Jacquin. Florae Austriacae (Viena, 1773–1778), consta de 5 volúmenes dedicados a la flora silvestre de Austria y contiene 500 planchas calcográficas coloreadas a mano, dibujadas por el artista Franz von Scheidl. Está considerada como una de las obras cumbres de la historia de la botánica europea. Jacquin publicó también Selectarum Stirpium Americanarum Historia (Viena, 1763): libro con grabados de las plantas que descubrió y recolectó durante una expedición imperial al Caribe y Venezuela o Enumeratio stirpium plerarumque, quae sponte crescunt in agro vindobonensi … (Viena 1762).
Ámsterdam fue otro de los epicentros de la ilustración científica y la edición de tratados de historia natural durante el siglo XVIII. El talento de destacados naturalistas allí afincados —o de paso, aprovechando la gran pericia técnica de sus grabadores— dio lugar a algunas de las obras ilustradas más importantes del siglo: Metamorphosis Insectorum Surinamensium (1705) de Maria Sibylla Merian, una obra maestra publicada en Ámsterdam que documenta la metamorfosis de los insectos de Surinam mediante excepcionales grabados coloreados a mano —en la Biblioteca Histórica la edición más tardía Dissertation sur la generation et les transformations des insectes de Surinam (La Haya, 1730)—. La Flora Lapponica (Amsterdam, 1737) de Carlos Linneo, está considerada como la primera flora de regional en sentido moderno. Recoge el inventario de las plantas recolectadas por Linneo durante su expedición científica a Laponia en 1732, por lo que se la considera también el texto fundacional de la botánica ártica. Los dibujos originales fueron realizados por el propio Linneo y para la edición de Ámsterdam, fueron grabados por el reputado artista alemán Martin Engelbrecht. Los grabados de la Flora Lapponica son famosos por su economía del espacio y funcionalidad taxonómica. Linneo agrupó decenas de especies en una sola plancha con un estilo limpio, de líneas firmes y puramente descriptivo.
En cambio, el Hortus Cliffortianus (Ámsterdam, 1737) está considerado como la obra cumbre de la ilustración botánica del siglo XVIII. Carlos Linneo catalogó el magnífico jardín del banquero George Clifford y fue ilustrado por Georg Dionysius Ehret, como dibujante y Pieter Wandelaar como grabador. Concebido con un libro de lujo, en gran folio, los dibujos de Ehret dotaron a las plantas de un dinamismo, volumen y elegancia nunca vistos. Siguiendo las directrices botánicas de Linneo, Wandelaar grabó con absoluta nitidez secciones ampliadas de las flores, frutos, estambres y pistilos en los márgenes inferiores de las láminas. El nivel de detalle en las texturas de las hojas carnosas, raíces y nervaduras supuso la madurez técnica del grabado calcográfico botánico. Locupletissimi rerum naturalium thesauri accurata descriptio (Ámsterdam, 1734-1765, 4 vol.) conocido como el Tesauro de Seba, fue una monumental obra en cuatro tomos recopilada por el farmacéutico Albertus Seba que destaca por sus láminas artísticas y científicas de animales, plantas y minerales de todo el mundo. El Thesaurus Zeylanicus (Ámsterdam, 1736 y 1737) fue la obra más destacada del botánico holandés Johannes Burman que describió e ilustró sistemáticamente la exótica flora tropical de la isla de Ceilán con 111 magníficas calcografías.
Horti Elthamensis plantarum rariorum icones et nomina (Leiden, 1774) de Johann Jakob Dillen fue un atlas botánico con más de 400 plantas raras y exóticas del célebre jardín del médico James Sherard en Eltham (Londres, 1732, 1ªed.). En esta reedición de 1774, la obra fue despojada por completo del texto original, dejando únicamente las láminas, precedidas por un índice con la nomenclatura binomial moderna. Así, el libro pasó de ser un texto de lectura académica a convertirse en un manual de identificación. La obra contiene 325 estampas al aguafuerte y buril grabadas por el mismo Johann Jakob Dillen, cuyo estilo destaca por trazos y sombreados densos, con entramados cruzados, para dar una textura gruesa y carnosa, lo que dotó a sus grabados de un relieve casi táctil. Además fue pionero en entrelazar en la misma composición la planta completa con minuciosos despieces anatómicos, algo que Linneo alabó públicamente diciendo que eran los grabados más perfectos de su tiempo.
En Francia en la primera mitad del siglo destacó Plantae per Galliam, Hispaniam et Italiam observatae, iconibus aeneis exhibitae (Paris, 1714) de Jacques Barrelier. Esta flora regional fue el resultado de los viajes de recolección que el fraile dominico Jacques Barrelier realizó durante 23 años por Francia, España e Italia y se convirtió en el atlas visual de la flora mediterránea más completo y detallado de las primeras décadas del siglo XVIII. Esta obra monumental contiene 334 estampas calcográficas con un total de 1.327 ilustraciones de plantas. Las estampas de Jean-Baptiste de Poilly, miembro de una famosa dinastía de grabadores parisinos del reinado de Luis XIV, aportaron el refinamiento propio de la escuela de grabado francesa. Al agrupar varias plantas en una sola hoja —para abaratar los costes de impresión— los grabados son pequeños pero de gran finura técnica. Las texturas de las raíces, las hojas y los bulbos están tratadas con un realismo y un juego de luces barroco, gracias al uso del buril y el aguafuerte. Los contornos de las plantas están perfilados con una nitidez absoluta, lo que facilitaba su copia y estudio por parte de otros científicos.
En la segunda mitad en Francia sobresalen los tratados de Henri-Louis Duhamel du Monceau sobre silvicultura, agricultura y anatomía vegetal. El Traité des arbres fruitiers (Paris, 1768) fue una de sus obras más célebres: contiene descripciones botánicas meticulosas acompañadas de magníficos grabados que detallan hojas, flores, frutos y semillas de la mano de dibujantes como Claude Aubriet, Madeleine-Françoise Basseporte y René Le Berryais y numerosos grabadores, entre las que destacan Élisabeth-Claire Tardieu y sobre todo Catherine Haussard y Elizabeth Haussard: dos de las escasas y muy cotizadas mujeres grabadoras profesionales del París de la Ilustración, célebres por su precisión técnica.
De Jean-Baptiste Lamarck destaca Encyclopédie Méthodique: Botanique (París, 1783-1816). Aunque es un texto de carácter más enciclopédico y académico, los volúmenes de ilustraciones (Planches) que acompañaban a la enciclopedia de Lamarck fijaron las bases visuales para la identificación vegetal sistemática en toda Europa. A Jean-Baptiste Lamarck se debe también la primera gran recopilación científica de las plantas de todo el país: la Flore françoise (París, 1778, 3 vol.) impresa por la Imprimerie Royale, que marcó un hito de la botánica de Francia. La obra no se concibió como un objeto de lujo y prestigio, sino como una herramienta de campo para estudiantes y naturalistas, de formato portátil, en octavo, sin apenas ilustraciones.
En las antípodas estéticas se encuentra Charles Louis L'Héritier de Brutelle, que financió algunas de las publicaciones botánicas más lujosas de la época, siendo el mentor Pierre Joseph Redouté, el mejor grabador botánico de su época, apodado "el Rafael de las flores" por su precisión y elegancia. Sus grabados, de gran rigor científico, destacan por el uso virtuoso del punteado que le permitió crear gradaciones de sombra y luz increíblemente sutiles consiguiendo plasmar, con gran realismo, el volumen de una flor, la textura aterciopelada de un pétalo o la transparencia de una gota de rocío. También fue un maestro consumado en la impresión calcográfica a color —à la poupée, en la que la plancha de cobre se entintaba con diferentes colores simultáneamente— lo que daba un coloreado muy natural a sus estampas, con los colores base perfectamente fundidos a los que se daban unos toques sutiles con acuarela para perfeccionar los detalles. Su Stirpes Novae aut Minus Cognitae (Paris, 1784–1785) fue una obra monumental concebida para describir especies de plantas nuevas o poco conocidas, con grabados de la mano, sobre todo, de Pierre Joseph Redouté y Louis Fréret, entre otros. También publicó Sertum Anglicum (Paris, 1788) un estudio de las plantas raras cultivadas en los jardines botánicos ingleses, ilustrado magistralmente por Pierre Joseph Redouté y James Sowerby.
Plantes nouvellement découvertes, récemment dénommées et classées... (París, 1779), editada por el autor Pierre-Joseph Buc'hoz, bajo el modelo de suscripción, es también un ejemplo notable de publicación comercial, lujosa y con gran aparato gráfico. El texto pasa a un segundo plano —apenas unas pocas páginas— para dejar el protagonismo a las magníficas estampas calcográficas de las últimas plantas exóticas introducidas, con composiciones muy dinámicas y detalladas a toda página.
Recueil des plantes dessinées et graveés par ordre du roi Louis XIV [Paris, ca. 1786-1788], se publicó en vísperas de la Revolución francesa como culminación del proyecto iniciado en Mémoires pour servir à l'histoire des plantes (1676) de Denis Dodart, que tardó más de un siglo en llevarse a cabo, dado el gran esfuerzo que suponía grabar las planchas, a tamaño natural, en gran folio. Contiene únicamente los 319 grabados que representan las especies vegetales con una gran precisión científica y artística, sin texto explicativo. Su valor estético estriba en el gran nivel técnico de los maestros que grabaron las planchas al aguafuerte y buril a lo largo de los años: Nicolas Robert, Abraham Bosse y Louis de Châtillon, con un estilo único que une un naturalismo riguroso con una elegancia cortesana inigualable.
De Italia sobresalen los ejemplares del Catalogus plantarum horti Caesarei Florentini (Florencia, 1748), registro del Giardino dei Semplici de Florencia publicado por la Sociedad Botánica de Florencia, en homenaje a su autor, Pier Antonio Micheli. Contiene un retrato de Micheli, un plano plegable del jardín y 7 estampas calcográficas con un estilo analítico y sobrio, habitual en esta publicaciones sobre jardines botánicos. Al tratarse de un libro puramente científico, las láminas muestran plantas raras y nuevos géneros con líneas muy finas y precisas, prescindiendo de cualquier adorno artístico o color ornamental.
Rariorum Pedemontii stirpium. Specimen primum. (Turín, 1755) de Carlo Allioni describe minuciosamente plantas raras y endémicas de la región del Piamonte y los Alpes occidentales italianos e introdujo la clasificación taxonómica linneana en la península itálica. Fue una obra preliminar antes de embarcarse en la monumental tarea de imprimir una flora completa: la Flora Pedemontana (1785). El libro cuenta con un frontispicio grabado y 12 grandes estampas plegadas al final del volumen. Los dibujos, tomados del natural, fueron realizados por el pintor Francesco Peyrolery, mientras que las matrices de cobre fueron grabadas por Pietro Peyrolery. Al ser láminas de gran formato, las plantas se dibujaron con gran soltura, con las hojas y los tallos serpenteando de manera muy naturalista, huyendo de las composiciones rígidas. El grabado al buril posee un trazo fino que genera sombreados muy delicados y captura la vellosidad de las plantas de montaña y la fragilidad de los pétalos. En sintonía con las exigencias del sistema de Linneo, la base de los grabados integra discretamente pequeñas e impecables ampliaciones anatómicas de las partes reproductivas.
El Hortus Romanus (Roma, 1772-1793) de Giorgio Bonelli, fue un monumental y lujoso florilegio en ocho volúmenes que contiene grabados calcográficos coloreados a mano. Fue una de las empresas editoriales más costosas del siglo XVIII, financiada por el Papado y la aristocracia romana para catalogar las colecciones del Jardín Botánico de Roma y los jardines del Vaticano. Concebido como vehículo de propaganda y para rivalizar en prestigio internacional con otros proyectos regios, posee un enorme aparato gráfico: un total de 800 estampas calcográficas con diseños originales de Cesare Ubertini y planchas grabadas, de forma magistral, por Magdalena Bouchard, una de las pocas mujeres grabadoras reconocidas en la época. Sus grabados destacan por un trazo limpio y de contornos bien definidos y, sobre todo, por estar iluminados a mano con colores al óleo diluidos y acuarela, lo que otorga a las plantas una opacidad, vivacidad y brillo que las hace parecer pinturas al óleo sobre papel. Su suntuosidad decorativa —aunque manteniendo la corrección anatómica de las especies— la convirtió en una de las cumbres estéticas de la botánica.
Otra obra notable de manos de una grabadora presente en las colecciones de la Biblioteca Histórica fue A Curious Herbal (Londres, 1737–1739) de Elizabeth Blackwell, un herbario médico y farmacopea ilustrada de uso práctico con 500 estampas calcográficas coloreadas a mano. Fueron dibujadas, grabadas y coloreadas por Elizabeth Blackwell, por lo que poseen una cohesión estilística única. El grabado, sin la rigidez académica propia de otras obras, prioriza los detalles de las raíces, frutos y hojas útiles para los boticarios, combinando el naturalismo con una composición impecable. Demostró que una mujer podía dominar la técnica del grabado calcográfico sin supervisión masculina como antes lo habían logrado Magdalena Bouchard o Anna Maria Sibylla Merian.
En España, tras un siglo XVII casi esteril, con una botánica utilitaria y textual, ligada a la medicina y la farmacia, donde se prescindió de las ilustraciones por razones de coste, salvo en el clásico manual de Andrés Laguna, Pedacio Dioscórides Anazarbeo —con ejemplares en la Biblioteca Histórica de las ediciones de Miguel Sorolla (Valencia, 1636), Claudio Mace (Valencia, 1651), Vicente Cabrera (Valencia, 1677) Benito Mace (Valencia, 1695), Alfonso Balbas (Madrid, 1733)—, le sucede, en el siglo XVIII, una verdadera eclosión de la ilustración botánica. El mayor apoyo oficial en la promoción de publicaciones, la fundación del Real Jardín Botánico de Madrid (1755) y las políticas de formación artística emprendidas por la Academia de Bellas Artes de San Fernando hicieron que España recuperara el tiempo perdido, poniéndose a la altura del resto de cortes europeas en la edición de obras de prestigio.
En la imprenta de Ibarra salió a la luz la fora nacional de Jose Quer Flora española ó Historia de las plantas que se crian en España (1762-1784, 6 vol.) con más de 200 grabados de Isidro Carnicero y Lorenzo Marín, acompañados en los tomos de continuación por figuras como Joaquín Fabregat y Fernando Selma. La Imprenta Real de Madrid dió a conocer obras tan significativas en el campo de la botánica como Icones et descriptiones plantarum (1791–1801), en 6 volúmenes escrito por Antonio José Cavanilles, que contiene más de 600 grabados en aguafuerte de plantas americanas y europeas grabadas por Vicente y Tomás López Enguídanos que asumieron la producción de la mayor parte de las estampas. Otra obra de Cavanilles Observaciones sobre la Historia Natural del Reyno de Valencia (1795–1797) en dos volúmenes, combina textos de geografía, agricultura con láminas detalladas del territorio valenciano, con excelentes grabados de Tomás López Enguídanos.
Más empaque tuvieron los proyectos editoriales nacidos de las grandes expediciones científicas españolas de la segunda mitad del siglo XVIII, que fueron los hitos de la edición científica y técnica ilustrada pues combinan el afán científico y la calidad artística de dibujantes y grabadores que retrataron la botánica, la zoología o la antropología con una precisión y belleza memorable. Sobresale el detalle naturalista y las láminas a gran escala —con incorporación del color— de Flora Peruviana et Chilensis (Madrid, 1798–1802) de Hipólito Ruiz y José Pavón, un esfuerzo monumental publicado en Madrid por Gabriel Sancha que dio como resultado tres tomos con 325 estampas calcográficas coloreadas de plantas medicinales y de uso industrial recolectadas en los virreinatos de Perú y Chile que tallaron 51 grabadores de la Real Calcografía de Madrid entre los que destacan, sobre todo, Isidro Gálvez —dibujante principal grabó en planchas de cobre muchas de sus propias ilustraciones—, Pedro Nolasco Gascó y José Gangoiti: dos de los calcógrafos más activos en la reproducción de las láminas botánicas.