La historia del libro: II. El libro en el siglo XVI
Durante el siglo XVI el libro va adquiriendo la apariencia externa que perduraría hasta nuestros días. La portada se complica con elementos arquitectónicos y va dando cada vez más información sobre el texto (autor, título, subtítulo) y sobre los autores materiales de la obra: lugar y fecha de impresión, nombre del impresor y, en su caso, nombre del “editor” o librero, figuras que aparecen en este siglo como intermediarios esenciales en el circuito del libro.
A la portada le siguen la tasa, las erratas, la licencia de publicación, el privilegio y la censura, resultado de las diferentes leyes que pretendían el control de los libros, como la Pragmática de los Reyes Católicos de 1502 o las disposiciones de 1558 de Felipe II. Distintos tipos de preliminares, prólogo, dedicatorias, poesías laudatorias, etc. preceden, por fin, al texto propiamente dicho. En palabras de José Simón Díaz, “el libro antiguo antepone numerosas piezas, por lo general breves, en uno o varios idiomas, en prosa o en verso, de carácter administrativo o literario, con tal variedad de tonos, que traen a la memoria la algarabía de las plazas mayores de las ciudades en días de mercado, cuando desde el balcón de las casas consistoriales podían oirse confundidas las palabras y las voces de los regidores y jueces con las de pregoneros, vendedores o mendigos”. Todos estos elementos aparecieron en el transcurso de muy pocos años y se mantuvieron por espacio de tres siglos, siendo el Estado, la Iglesia y la Sociedad causa de su nacimiento y permanencia.
El libro, además, se enriquece con una rica decoración de grabados xilográficos y; sobre todo a partir de este siglo, en cobre, ya firmados por los mejores artistas de la época como Durero. El cobre, menos tosco que la madera, dota a la estampa de mayores posibilidades de expresar matices y calidades. Crece el número de ediciones, las tiradas aumentan y las lenguas vernáculas le van ganando terreno a las clásicas dirigiéndose la producción no sólo a hombres de la Iglesia, nobleza y profesores sino también a profesionales del derecho, médicos y comerciantes.
Se pueden contemplar ejemplos de portadas en la Obra de las epístolas y oraciones de Santa Catalina de Siena (Alcalá, Brocar, 1512) y en el Libro intitulado Los problemas de Villalobos de Francisco López de Villalobos (Zaragoza, Coci, 1544). La primera de ellas, de la única escritora presente en la exposición, tiene, además, el valor de estar impreso en Alcalá por la imprenta de Brocar para uso, con toda probabilidad, de la comunidad universitaria del Colegio de San Ildefonso creado por Cisneros. La obra de López de Villalobos, médico de cámara de Felipe I, está impresa por otro de los grandes nombres de la imprenta española del XVI, Jorge Coci, instalado en Zaragoza.
En la obra de Cipriano de la Huerga, Commentaria in librum Beati Iob (Alcalá, Lequerica, 1582) se pueden observar algunos de los preliminares característicos de la época. La censura, documento previo necesario para obtener una licencia de impresión y que incluye la aprobación legal emanada de la autoridad competente, ya sea el Consejo Real, el titular de la diócesis u otras. La tasa, que es el establecimiento del precio máximo al que se podía vender el libro, fijado por el Consejo sobre los libros en rústica y calculado a partir del precio de cada uno de los pliegos que componían la obra. En nota manuscrita se señala que la obra ha sido expurgada conforme a la censura inquisitorial en su labor de control de los libros como instrumento ideológico al servicio de la Iglesia.
En la obra Discursos del amparo de los legitimos pobres, de Cristobal Pérez de Herrera (Madrid, Luis Sanchez, 1598), médico de Felipe III, gran erudito y hombre entregado a la ciencia y a la caridad, encontramos otro de los preliminares habituales, la fe de erratas cuya misión no era tanto corregir las erratas sino comparar el ejemplar impreso con el texto original aprobado, anotando las diferencias. El Retrato del perfecto médico, de Henrique Jorge Henriques (Salamanca, Renaut, 1595), incluye, entre los textos previos a la obra, poesias laudatorias de otro autor, en este caso de Lope de Vega, costumbre que se popularizaría sobre todo en el siglo XVI.
La imprenta, como ya se vio en el periodo incunable, enseguida tomó conciencia del valor estético y práctico de la estampa y el libro ilustrado y artistas como Durero se movieron sin dificultades en este arte elevándolo al mismo nivel que su obra pictórica. Una de sus obras clásicas, con grabado xilográficos, es Les quatre lures d’ Albert Durer... de la proportion des parties... (Paris, Perier, 1557). Pronto llegó a España su influencia y así, en la obra del gran teólogo del siglo, jesuita y profesor de Alcalá, Gabriel Vázquez, De cult adorationis libri tres... (Alcalá, Gracián, 1594), encontramos una copia de su estampa La Natividad realizada por el artista Adrian Huber en la que la estética gótica se ve moldeada por influencias italianas.
